Libro. Título: "Como humo" © Juan F. Rico

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Juan F. Rico

Narración. 

Libro. Título: "Como humo"

 

“…Hasta el polvo de vuestra

ciudad, que se nos ha pegado

a los pies, nos lo sacudimos

sobre vosotros…”

 

Evangelio. Lucas 10, 1-12. 17-20

 

(22 Oraciones en una Narración)

 

Oración 1ª. Nace un campeón; pero campeón, campeón, ¡eh! 

   

Sal, vete brillante, rojo, el corazón nuevo en esta mañana luminosa, fresca, ¡tan joven! Camina, tu camisa limpia; blanca; con nubes y el azul del cielo en tus bolsillos. Silba, bajo. Todo empieza hoy, todo; agua fresca, arroyos, musgo, sol, espigas, amarillo. Naciendo, todo empieza hoy, ahora; desván oscuro del tiempo, enratonado de asco. Hoy, ya, blanco, azul. Todo empieza, esta mañana brillante es la primera de tu vida. De la vida. Camina. Rompe con una sonrisa el tiempo, el pasado, el futuro; rompe la memoria. Escupe en todo ello. Mañana azul, espejo de mi presente. Te condenso en mis ojos, me fundo contigo. Ahora me rasco el pelo. Escupo. Camino. Acabo de nacer. 

      Flor de piedra, caldo de oro, azulejos de cristal. Hierro y seda; calcetines blancos; primera comunión. Flor, oro, oro y plata. Sol violeta. Sudor. Cerdos al matadero; tazas de café. Violines asquerosos. Gotas de sangre. Nieve. Violines, ratones. Sangre de cristal. Nieve violeta. Luna. Y te nombro, Dios. Una d, una i, una o y una s. Caldo de oro.

      Corro con el ardor de la muerte en el estómago. Salto obstáculos, las luces de los comercios me deslumbran, hay olores que me marean y angustian. Corro y voy andando. Pone prohibido, y fumo en el centro de ese espacio artificial lleno de gusanos y tiendas. Obedientes, todos. ¡Que os jodan! Miro los precios de los libros. ¡Están locos! Me voy a volver a hacer socio de la biblioteca pública.

Incorporo en mí todos esos edificios fríos, grandes y vacíos. Alguna luz en una fachada negra. No conozco a nadie. Son como culebras asustadas. Son simios vestidos, sonríen, comen, se miran en los escaparates al pasar por ellos. Me repugnan. ¡Hala, a ver si me llaman la atención por fumar! Algunos miran así como diciendo: “haces mal”, yo los miro peor, cambian 

 

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la vista; ¡venid, venid, ¿ a ver qué pasa?! Putas lombrices. Me arde el estómago. El cine cuesta 9 euros, las películas que anuncian dan asco. Aplasto la colilla en el suelo. Gusanos. Entonces, un segundo dura, no más, siento un calor suave, lleno de optimismo, amor y comprensión. Comprendo el porqué de la vida. Las luces no molestan, ni los ruidos, ni vuestra ceguera de topos vestidos para gustar.Arranco el coche, es de noche, muchas estrellas adornan el cielo. Me deshago, me cae un rayo y me convierte en polvo; desaparezco.

      Desaparezco. Las luces del salpicadero bailan sin permiso, alegres, en mis ojos. No hay nada. Hormigas en lata esperamos a que el puto semáforo se ponga en verde. Aplastados todos; a cenar. Muertos al volante. Esta ciudad grosera, vulgar, gris y brillante, espera la primavera, huele un poco a ella. A lo mejor la vida es algo importante, con sentido. Será si ese calor suave que a veces me acaricia por un segundo vuelve para durar mucho más. Será si la inocencia y la locura se adueñan definitivamente de mí, para ver sin pensar, vivir sin cálculo, reír sin freno. Admirarte al andar. Estas estrellas y esta noche y este coche.

 

Oración 2ª. Dentro de tus llagas escóndeme. (San Ignacio de Loyola)

      

       Esta noche. Sudo sangre, ¡qué cojones hago yo aquí!, os regalo mi desprecio, que ya es mucho. Hijos de puta. La locura y el amor, el tiempo y las navajas, las uñas de los atardeceres de los veranos de mi infancia. El cielo dorado, violeta, azul oscuro. Tu sonrisa de loca. Pues sí, tenemos marcado el camino, estamos, pasamos y desaparecemos. Nos traga el vacío, somos él, finalmente. Mientras, tú te vistes de princesa. El tiempo te devora, emborráchate, pierde el control, intenta morir, burla el destino. Vestida de princesa, siempre. El tiempo, loco, bestial, nos tritura. 

Tardes de verano, azul, calor, agua, vino. Padre Nuestro. Eres perfecta, y te morirás. Tierras planas de Castilla. Media luna. Mi cerebro verde, espuma, de amor en mí. Morirás, ¡sí, puta! Todos tenemos el tiempo contado.

      Ropita de verano, terracitas de primavera, alcohol. Ceguera; terracitas de primavera. Olor a mar. Tu belleza. Azul infinito, tu belleza. Está lloviendo. Sangre, piso el barro mezclado con sangre que casi no se ve pero sé que está ahí por el puto olor. Con un cuchillo muy afilado trazo una puta línea en mi puto barro. Muy afilado.

      Lo peor de los mecheros que hacen “clic” y no son de rosca es que no duran un pijo, nada, no duran nada; los de rosca sí, éstos duran bastante y van bien; si hay viento, te pones de espalda a él, y bien, puedes prender el cigarro, bien. ¡Putaaas! Pasarán 1.000 años, dos mil años, pasará el tiempo.                                                                         Movimiento. Ya al asqueroso poeta de pelo ensortijado y como dorado- rubio lo habrán comido los gusanos, lo habrán comido con disgusto. Porque estos putos poetas, estos pitiminíes, estos cerdos lustrosos, de ojos soñadores; éstos, estos cerdos, mierdas, son mierda para los gusanos. ¡Ay!, poetita de rizos dorados. 

 

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¡Jodido mechero! Poetita de pelo frondoso, dorado, rubio soñador, te voy a meter una hostia que te voy a romper la puta cabeza, te voy a desfigurar la cara y cuando estés en el suelo, en ella ensangrentada te escupo, te piso y me limpio las suelas de los zapatos en tu bonito chaleco de  chico bien que fuma en pipa (ja, ja, ja…) y es tan rebelde (éstos son así, de verdad, tienen montada una película en la chota que ¡no hay Dios, tío, se lo creen, son perfectos, en serio, he tratado a alguno…Seguro que componen poemas mientras están jiñando… Hasta se les olvida limpiarse el culo y van corriendo a escribir la última genialidad. ¡Joder!). Yo, yo me cago hasta en tu putísima madre. Y ahora añado a este escritor, Marcel Proust. No hay Dios que lo aguante, ¡qué tío más pesao!, mírenle la cara, esos ojos con los párpados medio caídos, esa cara de tío tostón, cargante, pesao, hostia, qué asco…de careto. ¡Qué cara, joder!

      Dulcinea del Toboso, así te coman los cerdos. Siempre me quedo con los pilares que me sostienen, siempre ahí, sólidos: el sol, el calor, el campo donde jugábamos al fútbol (que era de tierra), la boca seca, el agua fresca de un pozo bebiéndola a morro en un caldero de hojalata, el balón, las carreras, la tarde asfixiante y amorosa; así hasta el anochecer, hasta que ya no había luz. En un verano eterno.

      Madrecita de mi alma, madrecita de mi vida haz que reviente todo. Madrecita de mi alma, madrecita de mi vida, que mis lágrimas caigan a chorro, que sean una fuente de ellas mis ojos, que en ellas expulse de mí toda angustia, todo temor…, que…¡Me cago hasta en mi puta vida!, si yo no puedo llorar, no sé, no puedo llorar; parece ser, creo que es un problema fisiológico, genético, ocular…, de la materia. Vamos, que no me funciona la cosa ésa que segrega lágrimas, y ya jode. Bien, un problema fisiológico, menor; peor es ser feo, tener chepa, ser cojo…y así. O que no te funcione la gran tirana, la cabeza, o que seas ciego…

Y toda, toda la puta vida a puñetazos, a tientas, a oscuras, hasta durmiendo. Y si me das el mayor tesoro, lo rompo. Pero hay algo azul y risueño en mí. Ese algo, ese algo soy yo. Ese algo me permite escribir lo que escribo. Es poderosísimo, pues. ¡Lo que yo me he reído…, y me reiré! ¡De todo, cojones! Hay que reírse de todo. Incluido todo lo que ha leído usted aquí y hasta aquí, si ha aguantado. Hay gente con cara de lechuga, esto también es  muy importante, tanto como comprobar, doy fe, que los carniceros en las carnicerías –bonitos locales de ocio- tienen cara de buey, o de mierdas.

 

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      Y un fin. Un fin. Un abrazo de cristal. Pus, ratas, madrecita de mi vida,  madrecita de mi alma. Nada, ni bondad, ni inteligencia, ni nada de nada; me quedo sólo con la belleza…y la valentía. El valor y la belleza. Ni dulces perfumes ni hostias, ni flores ni primavera, ni la puta que nos ha de volver a parir a todos, me quedo con la belleza y el valor. Cristal.

 

Oración 3ª. Si es que nos ponemos siempre tan serios, que da un poquitín de asco. 

                                                                                                                                 

Se me va la vida. Se me está yendo. Se me va la vida. Vivir poco, veloz, generoso, guerrero, despilfarrándolo todo -ésta es la mayor y mejor manifestación de la riqueza-, sin lunes ni domingos, sin días marcados, vivir intensamente -¡que no se nos escape ni una de ellas…si les podemos echar mano…y se dejan!-, vivir desangrándose, arriesgándose, siempre veloz, intenso, sin días con nombre, vivir en guerra: eso es vivir. ¿Qué es vivir contando los días? Hoy esto, mañana es fiesta, el lunes se trabaja (jodidos esclavos, os habéis convertido en malas personas, en peores, mejor dicho, es normal, comprensible. Os tenéis que joder, qué se le va a hacer…Y encima, seguro que si llegáis a viejos -Dios mío qué careto tendréis, qué achaques…, joodeer- no os va a llegar la puta pensión ni para casi, casi, comer, ¡hala, hala, a servir al jefe…, que seguro que tiene cara de lechuga o de coliflor… o simplemente de asqueroso…, y no se lo decís, comprensible, claro está, pringaos), hay un cumpleaños, vete al médico, debe de ser una gripe…Vivir, vivir así, mucho tiempo, cuanto más mejor, ¿para qué? No es vida. Luego, arrastrando el cuerpo por la calle -en el mejor de los casos-, esperando a qué: ¡a morir!, eso no es vida.

      ¡Quiero ser una explosión!, una estrella fugaz, una cerilla (chssspppsff) y quemarme vivo, vivo como el fuego. No hay nadie, nada, en esas montañas, en algún rincón, pequeño, de ellas: la luz de la Luna. Nadie. El viento, la noche. No hay nada.

      ¡Tan de noche! Oigo el viento como un silbido, nada molesto, no fuerte, es suave, suena lejano; es el viento. Hay fuego delante de mí. Cojo agua con las manos, se escurre, se va, no la puedo mantener -¡joder, ya tengo yo bastante con mantenerme a mí…, que la cosa está jodida…, como siempre lo estuvo y lo estará, menos para los ricos, claro, buena gente, los ricos, buena gente…, son como los chorizos…-; quiero coger un pez con las manos, en cuanto lo toco se me escurre, se escapa (esto ya es algo, porque hay algunas tías, que de buenísimas que están dan ganas de llorar…, éstas no se dejan tocar, por lo tanto no escapan…, ni te miran, vamos, las muy santas). Montañas, y en ellas ramas, arbustos, árboles, y allí nadie.

      

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      Tan tarde, tan de noche. Vagones de tren, compartimentos de tren. Nos colamos, escapamos al revisor. Casas de barro, pequeñas, pueblos pequeños, de noche, con luces amarillas; pasa el camión, puertas cerradas. No puedo detener el tiempo, esto me mata. Gira la Tierra. Amanece. Cajeras en el Supermercado. Gira la Tierra.  Amanece.

      Vestidito de blanco, estampado de flores; el niño de la mano. Musgo para el Nacimiento; pantalones cortos; heridas en las rodillas, postillas; carreras. Comemos cebolla cruda arrancada, como ladrones, de un huerto.

Disparo a un pájaro, perdigones, cae, lo cojo, lo pongo, muerto, en una pared, colgando, le sigo disparando, ya no queda nada de él, una piltrafa, sólo un deshecho.

Vestidito blanco, voy de la mano de mi madre. Vestidito blanco, flores estampadas. Viejas de negro sentadas en las puertas de sus nidos (¡estas ratas vestidas!); paramos, va la luz con nosotros. Asquerosas.

      Vestidito blanco, tarde de invierno. Luna de verano, noche de verano. En el balcón, olor a descanso, dulce noche de verano.

Mi pueblo, cabrón, río negro. Pero noche de verano, balcón, olfateo la noche, las estrellas me drogan. Musgo, noche de verano, vestidito blanco; tarde de invierno, el Nacimiento.

 

Oración 4ª. La gente es como es; pero nada; la verdad, lo cierto: todos presos.

 

      No sé yo esto de Dios. Cierro un ojo porque veo dos líneas (o sea: lo que se llama la mediana, así, en términos automovilísticos…o técnicos…) de separación en la carretera, conduzco con un ojo cerrado (éste es un truco extraordinario, muy eficaz, de mi invención, para que las cosas vayan bien cuando estás conduciendo bolinga perdido), como guiñándole un ojo (imposible guiñar dos, entonces todo falla: la hostia es segura) a alguien que te comprende y te ayuda a engañar la borrachera, y así, ya con un solo ojo abierto puedes conducir mejor, ¡se ve una sola línea, o mediana, hablando técnicamente y como Dios manda!

      También vomito. Yo ya no sé lo que he tomado. Estoy a gusto. Borracho, mamao perdido, y con control, ¡eh! Noche de verano, vestidito blanco. Tu belleza, como un escupitajo en mi cara, tu belleza, tan morena, y no eres guapa. Flores estampadas, el salpicadero del coche, sus luces; guiño el ojo -o un ojo, como ustedes prefieran, señoras-, fumo, bebo cerveza, conduzco. Inocencia y luz. Noches de verano; me trago, en la piscina sucia, toda el agua con cloro que puedo, me sale por los agujeritos de la nariz, sabe bien. Azul y saltarina. Mátame. Tardes de fútbol; amo el balón, lo que más me gusta en la vida, lo que es para mí la representación 

 

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material de la felicidad es un balón. En serio, de verdad; bueno, y tener a mi disposición un harén no estaría mal. También sería una bonita representación de la felicidad, pero esto es imposible entre personas civilizadas, en otros sitios de este bello y azul planeta sí que se da el caso, sí que ocurre, sí que es posible…¡Unos asquerosos, unos sinvergüenzas, que asco! Jugar, soy bueno, muy bueno, demasiado para este río negro en el que nací. Escupitajos en el suelo. Mezclo vino con pastillas, me quedo dormido. Río negro. Soy feliz, soy feliz cuando el balón se mueve, yo lo manejo. Ahí no existe el tiempo, ni la consciencia (sí, digo bien: consciencia), no hay pensamiento alguno, sólo eso, juego, fútbol. Noche de verano.

      Para mí, siempre es el primer día; incluso el último es el primer día. Así es. Siempre es el primer día, y el último también es el primer día. ¡¿Estamos?! Vale: ¡Siempre el primer día, hasta el último! El último es el primer día (conviene repetir, porque hay gente que es que no, nooo, vamos, que se come los mocos, prácticamente); y hoy, ahora; y el primero, y siempre.

      Luces, viernes tarde; cobre; coches que se estrellan. La maldad. La nieve. Días de cine. La nieve, malas películas. Soldadito de cristal. Escupe al amo, muere antes de que él te mate. Soldadito de cristal, soldadito de cristal. Me estoy yendo cada día. Voy hacia el fin, como tú. Dulce, tu maldad. Dulce, mi inocencia. Luna verde, mar de oro y plata, persianas de plástico, pisos de muertos. Soldadito de cristal. Soldadito de cristal. 

Carreteras pinchadas por infinitas gotas de lluvia. El cristal de mi coche, el limpiaparabrisas. Soldadito de cristal. Y una vez muerto ya no habrá nada, ¡qué bien, soldadito de cristal! Casas de barro. Poetas de mierda, tejados de barro. Cursis con cara soñadora. ¡Hijos de la grandísima puta! Hierro.

      Península ibérica. Hierro líquido. Muerte, envidia, traición. Península ibérica, mi pueblo. Río negro. Gente que no tenía ni para zapatos. Península ibérica. Mar de sangre. Iglesia católica. Dios, Jesús, si los vieras los matarías a hostias. El mar, el río negro. El calor, la piscina, y yo mirándola por una rendija, yo en la calle, en la acera abrasada. Jesús saca la espada, empieza a matarlos; legiones de maltrechos, machacados, marginados, solitarios, maltratados, explotados, todos sangre de tu sangre, te seguirán ¡Vamos, saca la espada, vamos a matarlos! Son el Demonio. A por ellos, que son cobardes. Belcebú, diablo, cobarde. Bien pensado, sois todos cobardes. Sólo hay unos pocos guerreros brillantes de bondad, fuertes como el Sol. Ahí estoy yo, me juego la vida a cara o cruz. Yo. ¡Qué digo! Soldadito de cristal, tú también morirás. 

                                                     

 

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Oración 5ª. Pobrecitos los que tienen hambre y sed de justicia,  porque si no os revolvéis os van a seguir dando de hostias hasta en el cielo de la boca.  O sea, que vais a seguir tragando mierda sine díe.

 

Cumpliremos el tiempo. Me arrancaré el alma. Me moriré. Pero tú, ¡tan preciosa! Vestidita de lujuria. Tú, que todo lo ves nuevo. Belleza. Este sábado perderás el control, morirás un poco para nacer más luminosa que antes. Río negro. Carbón. Pan con mantequilla. Tardes de domingo. Fútbol. Puros. Soldadito de cristal, inocente, heroico, ¡escupe en la cara al amo! No te dobles nunca, muere antes. Que los monótonos días no apaguen tu esplendor que siempre es nuevo, que nace a cada instante, que no tiene tiempo. Hostia.

      Ladrillos de oro. Tú. Todos a la mesa, comensales, la muerte está servida, las cortinas son metálicas, la mesa blanca, todo es blanco. A la mesa. Yo también he visto cometas en una noche de verano; dramas incomparables. Limón. Cristal. Tardes asfixiantes. Fachadas doradas y sudorosas. Vacío. Pisos como hornos; y he vivido en la nieve escuchando música. He conducido con los ojos cerrados, y viendo.

      Gloriosas muertes en pisos de alquiler. Habitaciones de hotel con televisiones pequeñas y con mando a distancia. Persianas de metal. He visto muertos arder por las calles, gritando. He visto el caos. Ladrillos de oro. Ojos negros. Sonrisa. Labios finos. Y yo, yo nada. Horrores, sartenes, mediodías, cocinas, primavera, violencia, tedio, repetición. Comensales: ¡a la mesa, la muerte está servida!, las persianas de metal echadas; a la mesa. Yo he visto la nada, y llegado a un tope he visto, creo, algo que pudiera ser Dios. El tope. El absoluto. No va más. Es imposible. Horror de los 

horrores. Pintura en las paredes. Me he reído con locura, como un loco. ¡Cómo me he reído! Noches de fuegos artificiales; muertos de vuelta a casa. ¡Cómo nos reíamos! Te puedo romper la cabeza con mi puño que se ha estrellado muchas veces contra el cemento, a ti, papudo con corbata, que estás en un banco (aclaro: una sucursal bancaria; atribulado lector) sentado y hablando muy chulo por el móvil. Te reviento a hostias.

      Y cuando miro al cielo y es verano y es de noche y veo todas esas estrellas me quedo hipnotizado y me quiero morir. Ojos que no me ven, ojos como agujeros negros, un granito con un pelo. Pintura, sangre, hoteles abandonados, vacíos, pasillos. Estoy en el laberinto y no tengo miedo, no tengo ningún miedo. Estoy en medio del laberinto y…no me corto, ¡me suda la polla!, me enfrento a puñetazos, no retrocedo, ¿qué me caigo?, ¡vaya!, es igual, habrá que caer bien. En medio del laberinto. Explotas de amor y no queda nada. El tiempo, la máquina invisible. Churros, domingos 

 

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de muerte, sangre. ¡Y cómo nos hemos reído! Aún me río, ¡que cojones! Agua.

      Hilos, cristales. Madrid. Las Vegas. Cartones, desierto, drogas, muertes, locura. Caravanas, aire acondicionado, solitarios. Carreteras, ¡qué carreteras! Van hacia el Cielo, rodeadas de nada, piedras, arbustos, calor, lagartos. Y el cielo azul, con alguna nubecilla blanca. Prostitutas haciendo todos los días un viacrucis. Santas, prostitutas santas. De tocar el fondo ya sois, ya os habéis vuelto puras, inocentes. Aunque estéis en el Infierno. Las Vegas. Todo está lleno de muertos, locos, máquinas, aceras muy anchas, luces, calor. El desierto, una piedra, sola, tranquila. Lujo de muerte, cocaína, tarados, ¡chusma divina! Las Vegas, América, EE.UU.

      Chicles que sabían a plátano: miradas torcidas; escupitajos en el suelo (para no variar). “¿Podría darme un euro?, es para comer en el Hogar del Transeúnte (transeúnte por lo de que están un poco, poco,  de su preciado tiempo -todos los mataos que por allí caen- en él, y luego a la puta calle; no dan patada, pero a la puta calle…y dando las gracias). -Una hostia te daba, pienso-…Y le contesto: “Pero tú…Toma”. Tenía cara de boba; si llega a nacer de otra madre y de otro padre (la semilla que no falte) podría haber sido Reina. La suerte. Esta ciudad deslumbrante; este pueblo asqueroso; esta mezquindad: esta envidia. “Gracias”, dice la payasa, dice la imbécil ésta. “No hay de qué”, contesto, hay que esforzarse, sin duda, así que contesto.

      El tío delante, le veo la coronilla, calva, claro: c-o-r-o-n-i-ll-a; paisano mayor, es el asqueroso repugnante, de puro corriente y vulgar, un ejemplar de mamón típico, de libro. Bromea con la cajera. Abrir la mano, dejársela 

caer encima de esa mierda de cabeza, un poco fuerte. Esto sería un desahogo. Pegarle un empujón y decirle: “Anda, anda a tomar por el culo”.

¡Qué paciencia hay que tener! Qué paciencia tienen las cajeras de los Super, que, todo hay que decirlo, sumisas, rastreras, miedicas y pelotas son…, salvo alguna excepción, claro.

Me dais asco, arrastrados, dóciles, esclavos, ¡viejos asquerosos!; pocos hay de vosotros que rompan la norma y digan: “Antes muerto que ser, vivir, como un gusano”, y que cumplan, y que lo hagan. Claro, que los gusanos no saben que lo son, es lo que pasa.

Sobre todo la belleza, la bondad, el agua fresca, las montañas nevadas; ella despidiéndose de él, al mediodía, después de pasar la noche del sábado, juntos. Algún gesto  noble, valiente. ¡Putos gusanos! Aunque hay gente con “huevos”. Os digo: Un paisano, setenta y tantos años como setenta y tantas cruces; a las tres de la tarde; un día con un sol suave; caminando por la vía del tren; a su encuentro; de cara;  lo ve venir y sigue caminando; el tren lo 

 

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arrasa, lo destroza, lo mata bien (a ver si alguien se va a pensar que esto es una inducción al suicidio; ¡oiga, que esto es una novela, o así!). ¡Un tío! La mayoría se agarra a esto, a lo que hay, a la vida, de una forma impertinente, pesada, con una enorme fuerza de voluntad; jodiendo al prójimo, eso sí, eso que no falte; alegrándose de la muerte ajena (y de la desgracia del vecino…, cuanto más vecino, más alegría, disimulada, faltaría más).

      ¡Y Dios, tus ojos dichosos!, tus lágrimas, su sabor a sal. El tiempo; ya no hay nada; bueno, sí, este momento. Millones de años y nada. No fumes, no bebas, no te drogues, acuéstate temprano (eres europeo, chaval, animal, civilízate), cásate, estudia, sé respetuoso, da los buenos días, ponte el cinturón de seguridad en el coche, renueva el carnet, vota (mamón), cumple con tus obligaciones, no conduzcas sin llevar todo en regla: el chaleco reflectante, el seguro, el…,¡la puta que os parió! Eso es lo que os digo, grandísimos hijos de puta, simios. Sólo la belleza, la bondad, la inteligencia, el talento, me sosiega.

 

Oración 6ª. Entramos sin hacer ruido y nos sentamos a escuchar. Y Borrego gritó: ¡Malaventurados los pobres de espíritu porque en ellos la miseria de este Mundo florece como en la tierra más fértil!

 

No estoy en ningún sitio, en ningún grupo, no me veo con nadie; si acaso con los que viven lazándose al vacío siempre. Esbelta, brillante, joven, inalcanzable…Ni me miras, a mí, que no soy menos que tú. El tiempo (otra vez, ¡jodida matraca!). Basura. A ver si reventáis. Más vale morir que adaptarse a la vida del gusano. Un tiro, un gesto…, pero no, no merece la pena. Ay que esperar a que nos toque la Lotería…, a ver.

Y luego los curas, con sus faldas, y los del Islam, y los budistas…, y la ¡Virgen Santísima!... Los novelistas, los artistas, los intelectuales, los bla bla bla, los listos, los guapos, ellos, la basura, el centro del Mundo, estiércol sobre cemento. Os escupo. Doscientos años, adiós, ya no estáis aquí. ¡Hala!, joderos.

Pero la pureza, el resplandor de una sonrisa bonita, la inocencia, la fuerza, la valentía, esto todo seguirá aquí, ¡macacos, que sois unos macacos! Como una radial cortando mantequilla, así funcionan las horas, los días, así pasa el tiempo (toma, más) sobre todos.

      ¡Y a qué viene tanta historia! Dormid bien, lavaos los dientes, tened hijos, protestad, sed de unos o de otros; ¡que os jodan, que os den por el culo, que un satélite más grande que la Tierra le dé un abrazo mortal y la

 espachurre al chocar con ella, dejando un, así, como polvillo flotando en la noche…, a ver si os calmáis!

                                                                                                                                                                                                                                                                                            

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He visto mañanas azules, respirado aire fresco, puro, con olor a sal; he visto; he visto a dos tías preciosas, de noche, caminando cerca del mar, con las luces celestiales, divinas, de la fiesta a un lado. Las he visto así, como estrellas fugaces. Esto me sirve…, y algún gesto noble. Es suficiente. Pasaremos los días con la cabeza (La Jefa) ocupada. Y ahora si quieres te hablo de las estrellas, del terciopelo al atardecer, de luces doradas…, y de la puta que te parió, ¡no te jode! Mi río negro (es importante el río éste, se ve, ¿no?), tan asqueroso. Estos poetas que todo lo abrazan, que todo lo quieren, quiero decir que aman todo, ¡qué asco de gente. Yo sí que quiero todo…, lo de amar, ya…

Saliva, el olor de tu saliva, esto también es suficiente. Belleza, besos, me inclino, me mato y mato por ti, Divina.

      Una de las cosas que más me joden es que el mechero se me quede sin gas cuando voy a encender un cigarro. Hostia. Suena REM. Tejados de plata, paredes naranjas. Ladrillos. Luces amarillas. ¡Tira pedradas a las farolas! Sus luces amarillas: ¡rómpelas!

Tejados de plata, nubes de plata; hoy se escucha lejos el río. Domingo de cristal, agua en las ventanas. Lluvia. Noche de cristal. Ligerito, ligerito voy. Casi no peso. REM suena. Hay estrellas. La noche es muy limpia, el aire es fresco, casi frío, recién nacido, limpio. Cristal. Puro. Levanto una mano hacia el cielo, veo la mano, y las estrellas detrás. Sigue sonando REM. Levanto la otra mano. Mis brazos apuntan al cielo, como esperando su abrazo, como queriendo ser él. Ser la noche y las estrellas. Estírate la piel, ¡qué más da, señora!, serás ceniza.

      Bailo sin aspavientos, en el camino no hay nadie. Noche, música. Yo. Bailo tímidamente mientras ando. Estoy desesperado y a gusto. Vuelven mis brazos a apuntar al cielo, a la noche, a las estrellas. Me paro. Lleno mis pulmones todo lo que puedo, creo que entra en mí, al completo, este momento que estoy viviendo.

Fresco. Limpio. Y mi padre con su camisa blanca, de domingo. El cine en el pueblo, las películas del Oeste. Yo ahora respiro profundamente. ¡Aire! Hasta no poder más. Lo suelto despacio, no muy despacio. Encima de mí, un cielo negro, no, no negro, así, casi azulado. A los lados: ramas, árboles pequeños, huertas, piedras, lágrimas. De pequeños comíamos cebollas crudas, robábamos en las huertas. Era, es mi puto pueblaco. Postillas en las rodillas, peleas, pedradas, bofetadas de los -por llamarlos de alguna manera- maestros (los muy hijos de puta). Golpes. No nos enseñaban nada. Pero los que quedamos somos más fuertes que el metal más fuerte. Somos rocas modernas. Vivos…, y además, no nos importa morir. ¡Vaya desastre, jooder! Y no nos doblamos. Mátame, si puedes; no me doblo. Rocas. 

       

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      Cebollas crudas con trozos de tierra…, y las comíamos. No por hambre. Probábamos. Y ahora, tan ligero, y sigo sin saber nada de la vida. Sigue sonando REM.

 

Oración 7ª. Lo escrito,  escrito está (Poncio Pilato; sí, sí, el mismo, el que se lavó las manos).

 

“Tienes que mirar la agenda; mira, haz un sitio, pon: tal día, cena con tal; ¡jooo, anda!” -dice, ¡con voz, con qué voz, la Virgen!, una mamarracha a uno-. Sábado, las tres menos cuarto de la madrugada (de la noche, joder), tres grados, en una calle céntrica, cerca de un restaurante, dos pollos (con coleta) y dos…, mejor decir, y dos gallinas (muy monas, muy arregladitas). “He perdido un móvil, último modelo, de la marca “Tal”…, si alguien lo encuentra que llame al número “Tal”, muchas gracias”. Encima, alguien escribió: “Eres un tonto, muy, muy tonto, lo tengo yo, pringao”, con mala letra y con bonitas faltas de ortografía. El aviso de la pérdida estaba en un papel pegado a la entrada de un Pub, lo otro estaba escrito encima. Cierto: hay gente gilipollas…, oye, y luego, no te creas, van de buenos. Nada, nada: payasos.

Ya son las tres y diez. Otro Pub, un grupo de gansos se quitan el abrigo, las chaquetas… al entrar, se ji ji, ja ja y ji ji ja ja; hay una entre ellos que es preciosa. ¡Dios!  No es posible dejar de mirarla, admirarla, oye, y quién sabe, a ver si se cruza la vista conmigo y se puede… Bailotean , ordenadamente, formalmente, todos, toda la gansada. 

Entra otro grupo de gansos -como el anterior, con gansas, claro…, ¡que es que hay que explicarlo todo, cojones!-, es más pequeño y forma parte del primero -se habían retrasado, se habían rezagado, sí, los mierdas-. La tía preciosa, la salvación, la luz, se acerca, se mueve hacia uno que entro con los rezagados del segundo grupo de ¡gansos! que también va hacia ella, se medio abrazan, él le da una palmadita en el culito, muy fina, la palmadita, de niño, por qué no decirlo, pijo; se quita la bufanda.

      Hay que mirar el reloj, vamos por ahí. Entre la vida y la muerte, mis hombros fríos, los bolsillos vacíos, mi corazón, entre la vida y la muerte. Las cejas de la gansa preciosa del Pub, su media sonrisa, sus ojos, su boca, sus pantalones vaqueros, sus piernas, ahora son del ganso de la bufanda. Ella es de él. Los hombros fríos. Qué olor más dulce el de este tabaco. Entre la vida y la muerte. Las paredes están llenas de pintadas, los locales en venta, las tiendas liquidándolo todo, los pisos en venta, los negocios cerrados. Nosotros vamos en esta tiniebla viéndolo todo. Oscuro, sucio, ¡vaya!, pero nos reímos. Entre la vida y la muerte, pégame un tiro. La risa. 

 

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Brillo de oro en mi cara, el brillo de aquella gansa, de aquella risa con la que recibió al de la puta bufanda.

      “¡Ven, joo, ¿no vas a tener un día libre en la agenda para cenar con nosotros?!, “anda, convéncelo tú, Rosa”. Sábado, vomito. Alcohol, y más.

Los gansos después de cenar salen del restaurante resoplándose en las manos. “¡Caray, qué frío!”. Entre la vida y la muerte, en la vida, en fin. En movimiento. -¿Un lanzallamas, una metralleta? -Pero ¿para qué quieres un lanzallamas, para qué quieres una metralleta? -Bueno, tíos, hasta mañana. -Hasta mañana, hasta luego.

      Soñando; a ratos, con los pies en la Tierra y, a ratos, con locuras. Delgado. Amando la vida. Toda la tristeza del Mundo está en ti, Don Quijote. Vas sobre el más hermoso caballo, el más potente, el más rápido, el mejor. Tú ves la realidad cuando estás loco; cuando no lo estás todo es muerte, cordura, malicia, mediocridad, burla, miedo, miseria, injusticia, abuso, fealdad. ¡Qué tristeza, tu locura! Lo que tú ves cuando eres loco es lo más hermoso, es la belleza, la ilusión, la confusión, la ceguera feliz, la borrachera sonriente, el calor suave dentro del cuerpo. Tu realidad es la vida. Don Quijote, no me hagas llorar. Lucha, sigue, enfréntate a todo, piérdelo todo. Los dientes pochos de Dulcinea no lo están, que son perlas, estrellas. Destroza el Mundo, Don Quijote, libera a los presos, calma a los que sufren, alívialos. Destroza a los soberbios, a los que abusan, ataca, y muere en la embestida, a los más poderosos; arrodíllate ante las putas, bésales los pies. Sálvanos a todos, Don Quijote; estamos contigo bajo un árbol, de noche, con una estrella que es la Luna, con frío, pero bien, felices, estamos satisfechos, ilusionados, enamorados del hoy, del mañana, de la vida, así estamos, porque estamos como tú: locos. Elévate y vete al Cielo, 

Dios lo sabe, te dará la razón, incluso llorará al verte. Los molinos son gigantes, créeme, yo lo sé.

Cervantes, ¡qué cabrón! Pero a ti qué te ha hecho la criatura, te ensañas con él, eres un cabrón, ¡hijo puta!

 

Oración 8ª. Jesucristo: No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; las pisotearán y luego se volverán para destrozaros (Mateo 7, 6.12-14)

 

      Doy una voltereta, sueño con muertos, se me seca la boca. Algunas mañanas, desde tan lejos, me llega el olor del mar. Brilla en mí la luz y por mis venas corre agua santa que neutraliza cualquier veneno. 

Dulce, con luces en la cara, vestidita con falda corta, algo perfumada, con los ojos como dos mundos, empiezas la noche. Dulce, con estrellas en la cara (¡tanta estrella y tanta estrella, la hostia, joder!), con rayos de luz 

 

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violeta en la mirada, voluptuosa y contenida, ¡Me rompes el corazón!, me alegras la vida. Doy una voltereta, sueño con muertos, me suda los cojones tener la boca seca, porque yo me río. Princesita, princesita de la noche, te beso.

      Me importa una puta mierda. Brasas, brasas de fuego. Rosas, rojas, rojas. No hay nada. Nubes. El agua en mis zapatos. El olor a vinagre. Son las dos y media de la tarde. Lluvia. Vinagre. Son las dos y media de la tarde y huele que da asco. Estáis comiendo mientras el tiempo lo consume todo. La luz de tus ojos. La nieve. El tiempo lo consume todo. En la niebla, seguimos comiendo en la niebla. Son las dos y media de la tarde. Nunca es la misma hora. Como agua entre las manos se va la vida, escurriéndose mientras nos desangramos. Seguimos comiendo. Los edificios, las casas, los días. Nada. Todo es nada. Nada. Los días, los domingos, el frío, la desolación. Calles a las cinco de la tarde, infernales. Supermercados con gente comprando y con cajeras muertas…, pocas he visto yo que estén buenas, la verdad. Bolsas. Espejos. ¡Hay gente tan fea, Dios mío! Bla, bla, bla, bla...Voy a repetir todos mis movimientos, voy a confirmar así que existo, que existís, que hay realidad. Un hierro al rojo vivo, una brasa de carbón, toda la sangre de todos los más humildes (que son unos cabroncetes también, no te creas) embadurnando nuestras putas caras de robots. Comed, cerdos. Comed. Hasta llevar los libros al colegio nos daba vergüenza. Pequeñito horror, pequeño pueblo; escupitajos en el suelo; ahorcados; borrachos; pequeñito e infernal pueblo. Amado río, negro, por el carbón. Nos bañamos y salimos sucios, amado río negro, porque el agua venía de los lavaderos donde otros muertos habían sacado el carbón de la Tierra, de su sangre, de su puto corazón, el de ellos. Amado río negro, ¡que asco me das! Tardes de verano, cielo violeta, azul fuerte, violeta, naranja. Se fue. Todo. Quiero que mi sangre sea lluvia y que os tiña de rojo y os emborrache como si fuera vino. Colgaros de un árbol. Brasas, el Tiempo. Habré visto dos o tres sonrisas sinceras en mi vida. Uno o dos gestos puramente nobles. En estos gestos, en estas sonrisas vive mi presente, vive mi futuro. Moriré, ¿y qué? Azul del cielo, azul del mar, violeta de mis pensamientos, rojo de mis ojos irritados. ¿Sabes?, escribo con mi sangre, ella es la tinta, y la fuente, mi fuente. Río negro. Carbón.

      Princesita de ojos negros. Música de Bach. Tu ropa, así, de cualquier manera. Ojos negros, pelo negro; cejas pobladas y oscuras, negras; nariz grande: frente perfecta; labios entre finos y gruesos, sí; ovalada tu cara. Tu cuello. Princesita de ojos negros. Donde tú estás yo ya no volveré jamás, y a ti te pasará lo mismo. ¿No ves el tiempo, no ves a este pitañoso cruel, cobarde, invisible, imparable y hijo de puta? ¿No lo ves? ¡No hay Dios que lo detenga!, que no hay Dios; que sí hay Dios; no sé nada de nada. 

 

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Princesita, no, ya no, ahora Reina, Reina del humo. Tú también te irás, tía. Te fijo a mí; escrupulosamente; me corto las venas; te muerdo el cuello, las orejas, la boca; te fijo a mí, fuerte. Serás nada, con el tiempo comiéndonos como un cáncer; pero ahora te fijo a mí, escrupulosamente; te abrazo. Nota. Girará; y me pondré mi ropa más bonita, una camisa azul, un pantalón vaquero, zapatos normales; fumaré; a lo mejor le pego un puñetazo a una señal de ésas de Stop, o doy una patada en una pared. Fumaré, beberé, y más... No sabré volver a, ¿a dónde?, ¿a qué casa?, ¿mi casa? ¡Y si me muero antes!, de noche, en una acera, sentado, sonriendo, y con un cigarro en la boca; tranquilo. Me muero y todo es luz y vuelvo. Mi pantalón vaquero, mis zapatos; te besaré. Qué pasa.

 

Oración 9ª. ¡ Alegraos y regocijaos ! porque vuestra recompensa será grande en los cielos -aquí estáis jodidos y bien jodidos, no hay escape, chavalotes-. (Mt. 5, 3-12).

 

      Desde Las Vegas abrasada a mi pueblo, mi pequeño pueblo; éstas son las palabras: "Diego, mi pequeño Diego". Mi pequeño Diego, mi niño. Ya soy un hombre, pero en todo está esa ternura, esa frase, esas palabras. Soy un hombre, madre, ya soy un hombre. El pequeño Diego no sabe a dónde va, ni sabe por qué vino; pero sí sabe de esa ternura, sí de ese amor. Finalmente todo quedará en nada, todo será nada..., mil años, dos mil.

Una brisa fresca, un viento inesperado nos acariciará. Será un alivio, ahí, en ese momento sí creeremos en la vida. Y el calor y el bochorno -infiernos enanos, dañinos, cobardes y cabrones- morirán un momento. Ya soy un 

hombre, pero en mí aún suenan aquellas palabras, hoy y para siempre, dulcemente. "Diego, mi pequeño Diego".  

      Soy el día y la noche, y aún en la noche soy luz. Mientras siga en pie, el sol, incluso las estrellas girarán a mí alrededor. En pie, sin doblarme ante el poder ni el dinero. Mientras siga así seré poderoso, compasivo, fuerte y digno de ser quien soy: un Hombre. En pie. Tengo una rosa; las hojas son de papel, el tallo de alambre; todos los días la riego (muy poco); mi rosa no es una rosa. Vivir con una rosa así no es tener una rosa, es ir por la vida con una bandera. Mi rosa es una bandera. Cada latido de tu corazón ocupa el espacio vacío que hay entre los latidos del mío; por eso estoy doblemente vivo. Yo, con la cultura de un niño y con todas las palabras de mis años, quiero nombrar el infierno. Pozo profundo, circunferencia perfecta, con paredes lisas como cuchillas de afeitar sin bordes, con sangre como aceite en las fronteras insalvables que delimitan su forma cilíndrica. Y desde el fondo,  un círculo dibuja la lejana salida por la que a veces, de día en día, se ve la luna, fría, con luz de hielo.  

 

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      Llueve luz de luna. Abrazo toda la noche. Mis ojos son un espejo. El viento en la cara. A mi paso, los quejidos roncos del hielo. Esta noche de Enero, tan tranquila y brillante. Miro y me sitúo lejos, en la estela rosa y oro de un avión. Tarde, noche. Oro sobre el azul claro y frío del cielo. Estela, lágrima que se desliza por el azul hacia el horizonte, lejos. Las formas del aliento son los pensamientos que me preceden al caminar en esta noche fría, hermosísima. El ruido de la lluvia es una caricia. Y... ratas azules, más amables que vuestro corazón de alambre, corretean en mi imaginación.

      Voy hacia ti, con la cabeza levantada; me puedes acribillar, escupir, disparar, golpear. Voy hacia ti, por ti, sin miedo. Conmigo van, en mí, soy yo: Dios, la vida, su fuerza. Yo. Ellos. ¡Voy a por ti, muerte!, te escupo en la cara; te mato. Amenaza, golpea, hiere; ni me inmuto, zorra; ¡voy a por ti!, voy a por ti y te romperé la cara, el alma. Va conmigo Dios, la vida; ellos que son uno en mí. Yo. Me cago en tu puta madre, vas a tenerme miedo tú a mí. Yo soy luz. ¡Tan civilizados que se os ve el veneno en la cara! Rutina criminal. Complacencia en el orden de cuatro paredes. Geografía del horror. Ésa, vuestra sonrisa. 

      El horror: ¡puto cabrón! Hay uno que parece una mujer. Pasea a otro, en un carrito, como quien lleva a un niño. Desde el carrito, unos ojos horrorizados es lo único que ilumina el sol de esta tarde de otoño. Espera la muerte, es como si acabara de nacer.

    Con los dientes rotos, ¡joder! Y así, limpio, fresco, con la ropa más bonita despidiendo al sol con la mejor sonrisa. Noche de verano. Así, sintiendo el aire brillante sobre la piel, una caricia de la luna. Pan nuestro de cada día. Sol de la mañana. Como el trigo, aún. Con las uñas afiladas. Serpientes. Palabras. Comida. Con los dientes rotos.

La belleza, la inocencia. Blanca y radiante, luce como el sol. Una isla, la noche de terciopelo casi negro, con la luz de las estrellas dando vida a un frescor suave. La terraza, el mar. Todo el verano en un gesto, en una sonrisa. Celebramos la vida...Te he perdido, manantial de la inocencia, pero no importa, todo tu fruto esta en mí. ¡Tanta belleza! Y en el fondo del mar una lágrima..., siempre el tiempo. Y me dormiré, me dormiré como un niño; y soñaré, soñaré como un niño.

      Azul oscuro rasgado de luz. Desde la calle, el ¡clac, clac! de los cubiertos batiendo huevos en un plato que es toda la noche y una cena. Prisas con horario, tiempo eterno. Trajín amarillo. Yo. Cada latido de mi corazón, temblor inmenso, fuerza divina. Las constelaciones. La inmensidad del espacio. Todo el universo está en cada latido de mi 

corazón, y entre latido y latido, Dios…, y en cada latido, Dios. Estoy cruzando el tiempo, la vida. En mis cabales. Una auténtica aventura. Y te traigo una  caja, dentro una nube; es tu tiempo perdido. Tiempo blanco y

 

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también feliz. Como una flecha que desconoce su origen, atravesando el aire, cruzando el tiempo. Con él siempre detrás y delante. Como una flecha sin conocer su origen, en movimiento y estática. Aire, vida, tiempo. Tú, inocencia poderosa, en la nada, inconsciente. Siempre adelante. Tan heroica. Eres la fuerza que palpita en todo. Un misterio para ti y para mí, que somos la misma cosa.

…Y el viento, aliado de mis sueños. Haz que brote un trébol de cuatro hojas. Sé el torbellino que arranque el quiosco del suelo y que los tebeos de mi infancia revoloteen en mi memoria sin tiempo. Viento, aliado, regálame ese sueño. 

      Brillo infernal. Diamante rojo. Ciego. Acero frío. Los ojos reflejan una luz metálica. Ojos ciegos. Una gota de sudor se abre camino, araña la frente hasta llegar a una ceja, por un momento queda colgando; sol de cristal que funde el acero, despierta la conciencia y quita la niebla fría. Fundiendo el mal.

 

Oración 10ª. ¿Dónde habré dejado el mechero?, ¿habré cerrado la espita del gas?, ¡y la puerta!, la puerta del hogar, dulce hogar, ¿la habré cerrado?

 

      Como un cuchillo con mil puntas muy afiladas; tu cara de ojos verdes, y , sin embargo, también  dulce. Camina, camina hacia la muerte tu cara de ojos verdes. Y a correr en la noche, con frío, con la luna alta enfrente. Correr. Cada zancada, un golpe que escuchan las estrellas. En la noche, hacia delante. Apartando el aire, despegándote de la tierra y volviendo a ella. Que circule la sangre. Correr, correr con el niño que eres a tu lado. Héroe, bendito seas, bendito sea el aire que respiras, benditos sean tus errores y tus aciertos. Bendito seas, guerrero; no importa el resultado, ya venciste porque el hálito de la lucha contra lo conocido y lo desconocido nunca te abandonó. Bendito seas, por tu nobleza, por ser como un toro. Un toro al sol, bravo e inocente. Quisieras estar allí, allí donde está el mar, tan azul. Donde una brisa afilada, suave, fresca y limpia te pudiera acariciar. ¡ Qué dichosa luna baña con una luz metálica y dulce esa playa ! Y  piensas : “Dios, dame la mano, protégeme de los demonios, y si acaso sí, sí, que los pueda mirar a la cara”. Correr, correr hasta el confín del mundo. En cada punto, en cada instante del trayecto el principio y el fin. ¿Dónde está el mar azul ? ¿Dónde el aire fresco? Recuerdas algunas mañanas en que hasta allí donde tú estabas, tan lejos, llegaba el olor del mar. Mañanas luminosas como un niño recién nacido. 

 

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Sigues, sigues como la proa de un barco enfilando el futuro, cortando el aire, elegante. Eres el hilo de hierro y dulzura que une el cielo y la tierra. La misma sonrisa que iluminó la cara de tu madre al nacer está contigo en el momento en el que las balas te agujerean hasta morir. Está en forma de aire, en tu corazón guerrero, en la carrera que en tu imaginación emprendes hacia la libertad justo un segundo antes de morir; en los ojos asombrados que han sido testigos de las últimas luces que tu sueño vertiginoso desprendió sobre el asfalto de esta ciudad inmensa y prodigiosa. Muerto, encogido, en posición fetal, como antes de nacer. Concluyó la carrera. Un lado de la cara contra la brea de la carretera en la calle ancha y asustada; el otro lado mirando hacia el cielo desde donde te llega una brisa de aire  fresco que te acaricia aún sabiéndote muerto. Concluyó, ya no corre la sangre por tus venas, no sueñas, no sientes el aire entrar y salir de tus pulmones. Tienes, también, las uñas muertas. La sonrisa que alumbró los juegos cuando eras inocente ha vuelto y te tapa, te cubre para que tu cuerpo inerte, obsceno, no ofenda a la luz feliz.

      Oscuro, la noche, la noche, oscuro. Brilla la hierba azul en el camino. Me pongo un sombrero. Me quito el sombrero. A veces hay noches en las que triste y alegre la presencia de otros que no están me acompaña. Les hablo, hablo al aíre, hablo a nadie; pero les hablo: "Mira, mira, yo aún estoy jugando a la pelota, con el balón. ¡Tanto tiempo! Yo sigo aquí, jugando, andando, corriendo, llorando, riendo”. Y sí, os hablo. ¡El tiempo! Algunas noches me veo como fui, y es así que me veo como soy. Os hablo. Joder. Mira, una patada al balón; vuela, es de noche, hay pocas estrellas, vosotros no las veis ya, ¡gilipollas! Cae el balón, voy a por él. La noche, el frío. ¿Dónde estáis vosotros?, ¿en el negro azul de este cielo indiferente que, quizá, os hace de ataúd? Dónde. Sigo jugando, caminando, corriendo. No estáis. Le doy a la pelota. ¡Zas, zas!, ahí va mi vida, la vuestra; mi pasado, el vuestro; mi futuro, el vuestro; mi presente, el vuestro. Ladrad. Cabrones. Putos perros. Sin embargo, no tanto, no tan cabrones. Dame un beso. Miénteme. Cuéntame un cuento. Hazme feliz. Dios. 

      Entré en una iglesia. Llovía. En el suelo vi un papel arrugado. No sé por qué, pero lo cogí. En él pude leer: "Gracias Dios. Me he dado cuenta de que me he pasado la vida buscándote. Y así sigo. Como un jodido perro abandonado y ciego. Con violencia y con amor." 

Miré hacia la puerta y seguía lloviendo. Lo volví a leer y esperé. Esperé a ver si paraba de llorar el cielo. Voy de la mano. Con mi madre. Soy un niño. No sé aún lo feliz que soy. Hoy sí, ahora sí. Dios.

      Como una roca, erguida y perfecta; recta, seria, dulce, sonriente, amargada, voluble. Acero, como el acero eres. Eres fea y guapa. Puta muerta. Viva. Pasión. Freno. Hielo, ojos de hielo, ojos de hielo que llevas 

 

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de aquí para allá. Todo ¡tan lejos!, y tú resistes, resistes sin pretenderlo y sin inmutarte. Loca, loca de piel feroz. Salvaje, loca. Shusssssschch hace mi cabeza cuando trago tu cerveza. Shusssssschch. Creo que voy a vomitar, ¿será sangre?, bueno, vale, sí, ¡qué más da! Tu boca perfecta da asco y fascina; tu boca perfecta me pega un puñetazo muy fuerte en la cara, me corta, como una navaja, las mejillas. Tu boca, en serio: ¡un perfecto dibujo! Y yo me disuelvo, me disuelvo en la calle hasta no ser nada, nada. Y yo, yo de la nada vuelvo, vuelvo fuerte, agresivo, valiente, rencoroso, vivo; y escupo al suelo. Escupo. ¡Chaappsss! Mátame, loca de ojos azules..., o bésame, bésame en la boca; choca tus dientes con los míos. Camina, come, ¡muérete!

      Eres una muñeca de juguete, eres un sol en la luna. Una flor, mis dientes, el tabaco rubio. Una muñeca de juguete. Mis pies, mis manos, mi boca, el picor del tabaco en mi paladar. Eres mi borrachera. ¿Y si no fueras nada? ¡Oh!, eso no se piensa. La luna, las tardes de domingo mortales, el tiempo. Vuelvo y digo: "Tic, tac, tic, tac...". Tu cuerpo. Tu cuerpo: el centro del universo. Tu cuerpo, donde no estoy yo. Eres sucia y limpia. Eres el Sol estirado y vestido de domingo, de fiesta. Apurando una copita de vino. Estás muerta. Estamos muertos. Sin embargo, el sudor, el brillo de la piel, la divina alegría, Dios y las prisas nos vuelven, nos hacen vivir. Deslízate en una sonrisa plena, de descanso. Descansa. De terciopelo y hierro son, tienes las manos. Y mis ojos, abiertos infinitamente, aguantan como pueden navajazos. Rojo, fuego. Te destrozaría, te haría papilla, haría de ti un zumo, lo tiraría al retrete...y después de tirar de la cadena, el ruido del agua me revolvería el estomago hasta vomitarte de nuevo y tenerte lejos y frente a mí. Muñequita de juguete. Puta. Así me lo contó, así lo cuento:

     

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Oración 11ª. Son basura, puedes, así que ¡levántate! Machácalos, aunque sepas que al final te matarán.

 

      Y yo, Tengo el corazón en la mano, te lo voy a dar para que lo comas; mira cómo palpita; es y ahí está todo mi tiempo. Palpitando. Muriendo. Cómelo. Que la sangre caiga por las comisuras de tus labios dibujando una sonrisa, una línea roja perpendicular al centro de mi Tierra, de la Tierra, allí, donde también está mi corazón. Rojo, magma rojo. Come mi corazón, haz de mí una estrella muerta y que mi luz viaje eterna y muerta. ¡¡Aaaah!! Todo esta lleno de asesinos; asesino: la vida; asesino: el tiempo. Este sudor mío, el tiempo, asesino; la inteligencia. El sol, el calor, ¡el tiempo!, asesinos, criminales; hoteles gigantes, miles de habitaciones, puertas de madera, madera, puertas viejas. Calles oscuras, lluvia, lluvia, lluvia. Rompe el Sol de un puñetazo, destroza las esquinas abandonadas de las estaciones de tren, arranca la piel al tiempo, cómete sus entrañas, explota, abraza la vida, mira una hormiga. Asesinos, el tiempo, la inteligencia, la vida, la muerte. Os escupo en la cara. Reviento, reviento, reviento vuestro ser... ¡Dios! Amor. Soy. Y, sin embargo, las estrellas. Los grillos. El agua fresca en verano. Abarco todo. ¡Dios! Una sonrisa. Nada. Un camino. Serpientes en mi cerebro. Culebras. Lagartijas. Sonrío. Luz. Sol. Agua. Mar. Sol. Sol. Dame un beso, que lo llevaré a las estrellas y lo dejaré allí para que las ilumine.

      Todo era de color; también era cálido; las calles de color; ¡qué ensueño!, vivo, color, color, vida, esquinas, gente, adelante, caminar, color, todo era de color, la noche: color, y el calor y la vida; mi pelo, mi sangre, andar, andar, soñar sin soñar, beber, beber, fumar; todo era de color; borracho, beber; y el cielo y Dios y el tiempo y la noche y el tiempo, color, color, color. Y mi corazón despellejado. La aparición de la luna, en una habitación vacía, un piso vacío, un edificio alto, nuevo; las paredes. El piso hace esquina, en lo alto, con otro, y los dos, todos, con la nada, con mi alma; ¡ay!, sí, ¡desolada!, sí, y viva. Noche. Noche. Corazón. Noche. Y el calor, el calor. Noche. No quiero morir. Vomito la memoria. Tengo nombres que no sé, caras, momentos; caminos, cuchillas. Nombres que no sé. Exploto. Caras. Caras. Me tambaleo, y es cuando más firme estoy; casi corro, más firme, más seguro. Subo. ¡Vaya!, ¡qué oscuro! Luz, luz. Y a correr, de la mano de Dios. Sonrisas como soles. Y me moriré. Una lagartija. La luz seguirá, y el Sol y el agua. También algún gesto noble en algún sitio. Caerá la nieve, y mi corazón será blanco y caliente. Y me moriré. Ese niño, ese Sol. Queda mi luz. Cemento, polvo, caminos. ¡Que os 

 

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den por el culo a todos! Voy a jugar al balón, al fútbol, como lo que soy: un niño. La pelota  es mi sangre. El palpitar de mi corazón. El día, la noche, la vida, la muerte. ¡Que os jodan! Voy a jugar al fútbol, a jugar, a correr, correr, correr, sí, reír, riendo. Soy el Sol, soy Dios, soy la vida, el agua, las nubes, soy la tierra, soy pan con mermelada, soy triste, soy alegre... ¡Y escupo a todo! Reventad, jodeos, morid. Dame tu luz, abrázame. Vida. En la noche, en cualquier noche, recojo estrellas del suelo, sonrío a la lluvia. Con los bolsillos llenos sigo caminando. La tormenta: música deliciosa, en cada estruendo confirma la vida. Salpica de alegría mi soledad la mirada de un gato que, como un rayo, desaparece asustado. Mañana cumplo años. La casa. Cuando éramos pequeños nos mediamos en la pared. Una rayita. Otra. Y otra. Pasó el tiempo. Líneas horizontales. Dibujos en la pared. Casa. Alma. Acariciada por el Sol. Contrapunto en el lienzo de la noche. Una estrella más. Sueño. Río. Es mi memoria.                                                                                                                           

      Como humo. Disuelto en el aire. La pureza. Rocas puntiagudas se estrellan en mi alma. Arañazos de realidad me hacen sangrar... Sin embargo yo, el Titán, la verdadera roca, os escupo encima. Os rompo, destrozo, despedazo...Todo sin tocaros un pelo. Yo: ¡el Titán!, ¡mátame! Mi sangre circula como si fuera alambre del que alguien estuviera tirando de una dirección a otra. ¡Mátame! ¡Mátame! Realidad. Me cago en el asco. En ti. Puta.

      He estado en el infierno. El infierno está lleno de alfileres. Te cortan, te arañan como cuchillas. Son cristales rotos. Allí; aquí todo eso es como la nada; infinito, poderoso, desconocido, inaprensible, martilleante, rasgador, terrible, doloroso, mortal. Hay veces, sin embargo, que una sonrisa, como una luz tenue, tenue, tiene la potencia de una bomba atómica y todo lo ilumina dando forma a la vida, a la nada, al infinito, al infierno, y así haciéndolo comprensible, humano, llegado de una realidad, real. Destrozándolo por unas milésimas de segundo en las que Dios sostiene todo con fuerza, dulzura, calor, amor, vida. Verdad. Rasgo tu puerta verde con mis uñas. Se llenan de astillas, pintando, ensuciando, limpiando, estampando el rojo de mi sangre en la puerta verde. En tu puerta verde. Puerta de esta casa asesina. Algunas uñas saltan y se me clavan en los ojos. Sigo arañando la puerta verde. Tengo los dedos ya destrozados, sangro. El pie de la puerta es oscuro, rojo oscuro. Mis zapatos están manchados de sangre. Mi camisa, mi camisa, antes ¡tan limpia, blanca!, ahora es roja. Toda ella. Me arranco el corazón y se lo doy a una estrella. Sin importarle nada, cambia de color y ahora luce roja en el fondo azul oscuro de la noche. Luz roja sobre mí y sobre la puerta verde, sobre la casa asesina, sobre mi camisa blanca roja. De un puñetazo lo rompo todo y sonrío. ¡Qué juego! Es un juego. Y gano yo. Siempre gano yo.                                                                                                                                                 

 

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Hostia, hijo putas. La luna, a veces, bombilla de cristal reflejada en el interior de una ventana. Tú,¡eh!, sí, espero que tu sonrisa me abra el cielo, espero que tu sonrisa siga siendo el cielo. Hierro. Hilos de vida. Seda de las arañas en el aíre. Otoño. Y yo no recuerdo casi nada de mi infancia, fue tan feliz. Coge tus ilusiones y tíralas, no te hacen falta, joder. Ladrón de flores. Y en cada una, el día y la noche, y el sol y las estrellas. Hasta el día siguiente. Arbolitos impávidos, a sus cosas. Siempre, por los tiempos de los tiempos. Lo sé, dejas de ser niño cuando el centro del universo ya no está donde tú estás. Así es. Todo mi cuerpo mira la noche; mi espalda sobre la hierba. Es como si sostuviera toda la Tierra, tan ligera. Hay días que prefiero no estar. El silencio, lleno de paz: mi mejor música. Machácalos. Carrito de deshechos, lleno de aíre y basura. Casita ambulante. Pobre. Solo. Sin puerto ni mar. Que se jodan. ¡Qué belleza, qué mar!, inmenso, oscuro, profundo, prolongándose en el horizonte y formando un todo con la noche de este cielo en el que brillan pensamientos blancos; puntos de luz. Y tú, santísimo, que no te viste nacer, que te ves vivir, que estás ahí, en medio, rezando; oraciones que son lágrimas de cristal, cada una. Salen de ti como sangre de una herida, pero gota a gota. Gota a gota y brillando, brillando como esos puntos de luz, esas estrellas que forman un todo con este hermoso mar oscuro y azul. De acero.

      Como una cuchilla helada, cortando muy fino mi cerebro. Así vienen y van luces oscuras. Pies fríos, húmedos, en zapatos rotos. Hiel verdosa bulle helada, palpita. Busca una salida. Pero, ¡ah! Sol, noche, viento, luz, son amigos puntuales que con su presencia rubrican los momentos de bienestar. Bienestar natural, como ellos. Y yo, bailando en un tejado. En un sueño imposible. Envuelto en la noche, con mal sabor en la boca, levanto un 

brazo, y mi mano: un puño, y dentro una estrella. Y vosotros, ¡tan civilizados que se os ve el veneno en la cara! Rutina criminal. Complacencia en el orden de cuatro paredes. Geografía del horror. Ésa, vuestra sonrisa. Esto hay que repetirlo, y lo hago.

Bullicioso jardín de flores muertas. Altura imposible, vértigo de lo cercano. En pijama, sonámbulos. Ciegos y despiertos, sin palabras; escogidos por ella: la Miseria. Paredes blancas. En el estómago una rata araña, raspa, busca la salida. Rata roja. Una mujer come un pájaro vivo bajo una luz triste, una bombilla que parece apagada en una habitación vacía. Hay nada en las paredes. Se pone amarilla la noche tras las persianas, no hay estrellas. Gatos. Uñas de metal. Y me moriré; con flores; como las flores. Morir. Y un círculo, y un cuadrado. Cemento, un cuadrado de cemento. Las estrellas. Hacia arriba, hacia la noche, que llegue a las estrellas, sí, a su luz. Mi corazón. Memoria. Presente. Futuro. La noche. Esquinas que siempre están solas. Y a comer. Voy a triturar el tiempo, machacarlo, matarlo, 

 

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deshacerlo. Tiempo, asqueroso, aceitoso. Veneno de aceite muy ligera que nos empapa, nos envuelve. Y el tiempo. Y sí, me moriré. Y conmigo, el tiempo, perro. Navegando. Montaña rusa. Sí, y aquí nadie sabe nada. ¡Mierda! Y aun así, discurre placenteramente por mí todo. El sol. Mis postillas en las rodillas de niño. El olor, sí, el olor del verano. ¡Abarcoooo todo! Lo abrazo. Sí, dulce. Tan dulce como el balcón de mi infancia.

      Bolitas. Esferas. Esferas negras. Bolas. Bolas. Esferas, viento, viento. Esferas negras. Gira. Gira. Gira. Y gira. Explota. Las aceras, el viento, la noche, una piedra. Montañas, nieve. Noche. Y gira, gira, gira. Gira. Dios. Todo. Todo. Gira, y gira. Hay letras, calles, esquinas. Gente esquizofrénica. Gira. Locos. Locos. Locos. En una habitación oscura. Sin luz. Locos. Los ojos rojos de lo malo. Locos. ¡Anda! ¡Sueña! Me arranco los dientes. Chorreando sangre en el suelo. Locos. Cojo una gota de lluvia con la mano. La aprieto. Una gota de lluvia. En mi mano. Esferas. Infinitas esferas. La nada. Dios. Luego, también, me tiro de panza en la nieve. Blanca. ¡Tan blanca! Acogedora, caliente; fría. Fría. Blanca. Y otra vez el tiempo. ¡Zas! ¡Zas!, ¡zas! A martillazos.

 

Oración 11ª. Dijo Jesús a sus discípulos: “Tened cuidado; no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida…” (Lucas 21, 34-46)

 

      Esquinas, gafas rotas. Sangre. Rodillas azules. ¡Tan azules! Infinito. Muro. Rompo, de un puñetazo, el misterio. ¡Plas! ¡Zas! Lo rompo, lo trago, lo vomito, escupo en él. El tiempo..., y luego, ¡todo tan dulce! Allí, sin rencor. Los rayos de luz, el reflejo en el agua, este arroyo, esta noche, fresca, ligera, envuelta en luna y estrellas. Me siento, el agua tiene un color azul casi negro, repiquetea en los bordes que la enmarcan, como si fuera un cuadro, y ella una pincelada viva, en movimiento, directa al mar. Y no tengo sed, y canta mi memoria tan vivamente que me emociono notando un cosquilleo en el estómago en el que viven el presente, el pasado, el futuro. Este arroyo y sus reflejos de luz, su movimiento, su canción, es todo mi tiempo, vivido, por vivir. Y en el que vivo, que ya se va.

      Con mi sangre temblando, yendo a ninguna parte. Con mi sangre dentro, circulándome. A dónde vas, tiñosa. Estás hecha de la misma materia, de la misma nada que Dios. Tiñosa, cubres el vacío, cubres la nada. He caminado con el viento a mi espalda, con la muerte también detrás... ¡¿Y qué?! ¡Qué pasa! También tengo la nieve. Abrázame, Dios. Chorrea rojo. En el infierno, allí, allí incluso, ciego. En el infierno he razonado. Tengo el corazón en la mano, rojo, a veces palpita y otras no, otras parece sangre esculpida. A veces chorrea rojo caliente entre mis 

 

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dedos. Cae al suelo y explota como un beso dado de golpe y forma una galaxia, una estrella, sin luz, roja. Tengo el puto corazón en la puta mano. 

Aun y así todo, incluso en el infierno he razonado. Agua de mar, inmensa agua de mar. Y mi infancia con montañas nevadas a lo lejos. Y alguna tarde de lluvia. Mi infancia, mi infancia de pan y mermelada; mesa camilla; domingo triste; con un amigo que hoy es esquizofrénico, dulce hoy, dulce hoy más que nunca en su tiniebla. Torturado y con el brillo de ese pan y mermelada aún en él. Tampoco es más que eso todo en él. ¡Ah!, la tiniebla. Pero yo aun en el infierno he razonado.

      Voy en el camión, en el camión con mi mujer, paramos, encendemos la luz de la cabina, apagamos todas las demás, es de noche, todo está oscuro, casi no hay estrellas, la luna es pequeña. Todo está oscuro, pero..., y allí, como una minúscula esperanza a la que agarrarse cuando todo se hunde, estamos nosotros; nosotros, envueltos en una luz tenue, limpia, fría, acogedora por descarada y fría; brillamos como pidiendo perdón en medio de la noche. Él mira unos papeles. Ella no mira nada, la vista al frente, perdida, alegre, resignada y tal vez cariñosa; espera. Pequeños trámites antes de bajarse del camión para irse a casa. A casa, abrir la puerta, ir a la cocina, blanca, desoladora, silenciosa, mortal; te acuchilla, parece que te mata, sin embargo es peor, sólo te hace daño, mucho. En casa. Frío, y no lo hace de verdad, pero, frío. La muerte, el camión, allí, solo, silencioso. Ellos en casa. Y luego la puta mañana, fría también, más que la noche. Esa asquerosa y puta mañana. Tal vez Dios nos abrace, tal vez seamos él, estemos en él, Dioses de risa, llanto, melancolía, viajes, luces, papeles, muerte, abrazos, bodas, cenas, bautizos. Beber agua. Y los días, los días, los días. Agua y tiempo. El tiempo. Te voy a arrancar el alma. ¡Mátame si no! Tu solito, con una sonrisa. La carretera inundada de sol, larga, infinita. Amarillo a los lados. Solito. El sol derrite todo, y tú, tú cargando con el tiempo, tic,tac, tic, tac, tic, tac..., el tiempo. La muerte. Sueños. Abraza el aire, saca la cabeza por la ventanilla, escupe al suelo, al cielo, ríete, ríete. Escupe, vomita. Rompe las paredes, con la cabeza, con el hombro, ¡con la cabeza, más fuerte, si hace falta! Esta carretera, esta vida. Tus ojos. Acero. Elévate. Corre. Corre. Más, más deprisa... ¡Oooh, ya! Tomo una coca-cola. Me corto un brazo, sangro, sangro y dibujo en el asfalto una línea de estrellas que perfilan indecisas el camino que lleva a mi herida. Me suda la frente. El tiempo y el sudor, los dos soy yo. Voy a reventar y pedazos de mí pintarán por unos segundos el vacío; luego caerán al suelo. Este coche, este tiempo, alguna sonrisa, algún día agua fresca. Mi sudor. Abrazo tus cejas oscuras. También quiero la noche. Las estrellas. Muerte. Acaríciame Dios, arráncame la piel.

                                                                                                                                        

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Oración 12ª. Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia (¡Viva España!), pereza.

 

      Un amigo me lo contó,  ambos lo conocíamos, a Borrego, y yo lo escribo:

-Qué pasa, hijo puta.

La hermana de su padre, de su difuntísimo padre; una persona bienhablada, educada, con un grano negro, lleno de pelos cortos, duros, puntiagudos, debajo del ojo derecho –casi en la mejilla- , un grano que nació con ella; asquerosa, envidiosa, en conjunto: mala. Ése fue el hola que le dio a Borrego al entrar en casa, en el hogar, en el dulce hogar -un piso de noventa metros cuadrados, todo exterior, sí, pero a la vía del tren; un piso, hogar, dulce hogar, viejo-.

Borrego no conoció a sus padres, ha visto alguna foto, nada, algún comentario, nada. Fue su tía Eugenia quien lo crió, por decirlo de alguna manera, mal. La bienhablada Eugenia se había jubilado de su trabajo de rata hacía ya algunos, más bien muchos, años.

      Los mejores recuerdos de Borrego (mejores en cuanto a su nitidez, quiero decir) eran las hostias que le daba la entonces rata en activo…, y los insultos. Esto remitió sensiblemente a medida que Borreguín empezó a ser Borrego y a echar músculo, a crecer. Cosas éstas que dejaron de remitir para simplemente desaparecer del todo, el día en que Borrego, hecho ya un mocito, le plantó cara, con rabia, tanta, que la rata pensó que era mejor no arriesgarse más. No obstante, aún le quedaba bilis suficiente para que alguna que otra vez se le escapara por la boca veneno y dijera cosas tan amables como eso que le dijo al gran Borrego cuando éste entró en el dulce hogar a las tres de la mañana.

“Buenas noches, tía, que descanse usted, tía”, contestó don Borrego, y se metió en el sobre y quedó dormido al instante. Estaba algo mamao. Cosas.

      De un golpe en la cabeza con una piedra que casi no abarcaba con la mano le rompió el cráneo dándole con mucha potencia en la frente, un poco arriba de los ojos; el golpe hizo un ruido como un puñetazo en la tierra. Le empezó a salir sangre por la herida y cayó al suelo. Allí lo remató con otros golpes más fuertes, destrozándolo y desfigurándole la jodida cara. Cerca había un contenedor de la basura, desde el suelo levantó con muchas dificultades al ya seguro cadáver y metió el bulto, el muerto, en él. A poca distancia había una bonita urbanización, con sus chalets y sus piscinas y sus lucecitas y sus mierdecitas dentro, o en el jardín. Borrego se limpió bien (lo mejor que pudo), se echó el pelo para atrás, se sentó y hizo  un cigarro tranquilamente. 

 

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Con treinta y tres años -la misma edad en la que Jesucristo empezó a predicar-, Borrego, sentado, disfrutaba de la noche. Una brisa lo acariciaba y, como si fuera una ducha en la que el agua entrara en el cerebro, lo limpiaba de pensamientos de esos que hacen daño. ¡Qué frescor, qué delicia!, no se oía nada -los grillos sólo, cantando, espantando definitivamente el puto calor del día-, eran las doce y media de una noche de principios de agosto y las estrellas, tanto las vivas como las muertas, brillaban con calma. 

Sería posible, se preguntaba Borrego, que, lo mismo que la luz (que es vida) de las estrellas muertas, que ya no existen, que se han apagado, llega hasta nosotros; la vida de las personas después de morir dejara alguna estela en lo que conocemos como realidad, dejara algo.

Había estudiado con la cosa que ahora estaba dentro del cubo de la basura. Habían sido amigos, aún lo eran; bueno, ya no, porque no se puede ser amigo de alguien a quien has matado con gusto. Hubiera preferido haberse liado a hostias y reventarlo o que lo reventara a él, pero escogió machacarle la cabeza con un pedrusco, porque sino se hubiera armado mucho revuelo. Esto le hacía sentirse mal, creía que era una cobardía. Desde la basura llegó el sonido de un teléfono móvil (una melodía de esas que provocan el mismo asco que cuando a alguien le oyes decir: "Anda, cari, porfa, acércame el carrito"). 

      Y el día, mejor dicho, aquella noche en la que en el patio de un bar, con una parra que lo cubría pero que dejaba ver las estrellas, nos fuimos a cenar ; éramos unas 15 personas, no recuerdo bien, había de todo, allí estaban, entre otros más, los dueños del bar, la parentela del los dueños del bar, un cura, un cura , eso es, sí, un cura, y nosotros tres; también era como ahora una amable noche agosto. Después de cenar el cura empezó a hablar de cómo eran las carreteras en Alemania (no sé qué cojones estuvo haciendo este hombre en Alemania), decía que allí eran mucho más anchas que en España, mejores, perfectas, una maravilla. Y la risa, de esas risas que uno se ve obligado a disimular pero que al fin no puede contener, esas risas (carcajadas que intentaban ser mudas, ¡las mejores, oye!) metiendo la cabeza debajo de la mesa para que no se nos notara. ¡Dios!, qué bien lo pasamos... Habíamos “fumado”, el vino era riquísimo, pero sobre todo lo que nos producía un placer casi físico era el hecho de intentar aguantar la risa cuando el cura hablaba de las autopistas alemanas y no poder, no poder…, y reír, reír. La vida estaba allí, ahí, la vida. Luego para casa. 

-Oye, espera que voy a echar una meada… 

-Joder tío, y dónde… 

-Aquí, hostia, aquí mismo, ¡qué pasa! 

-Pero… te van a llamar la atención.

 

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“¡Que les den por el culo..., hay cosas peores...!”. Y el descojone era total. LA RISA..., esa felicidad. Diego, Senín y Borrego. Y el móvil sonando... ¡Slurrrppp, chatsss, ssspchssslurrr...! 

      Un gapo, un escupitajo; otro más, otro, otro... Borrego , mientras pensaba, con la poca luz que había practicaba el tiro a la piedra con saliva… (no se sabe muy bien por qué este tipo de deporte no es aún una nueva modalidad olímpica, hay cosas muy raras), estaba tratando de acertar de una puta vez con un buen escupitajo en una piedra pequeña -no como con la que le rompió el cabezón a Dieguito, no, por Dios -eso sería muy fácil- y la muy cabrona parecía que esquivaba inteligentemente cada proyectil que quería impactar en ella... Hay piedras que son la hostia. 

      Uno setenta y cinco de estatura, ojos algo separados, verdes, muy bien dibujados, inocentes, bonitos; la boca fina y casi siempre sonriente, como un gesto, vaya. Cejas bastante oscuras, casi negras y de pelo generoso; hombros anchos..., no mucho, pero anchos, pelo negro... algo rizado, piel morena, manos "de escultor", de trabajador..., pero aunque de dedos gruesos, elegantes y finas. Nariz aguileña. En conjunto, al tener una figura bien proporcionada, parecía ser más alto de lo que era. 

      Se acabó el juego, la competición, el tiro a la piedra... La boca seca. Tengo la boca seca, como cuando te despiertas por culpa de una pesadilla; y por no faltar que no falte de nada: estoy sudando. La frente húmeda y la boca seca... Después de este mal momento empiezo a encontrarme bien, tranquilo, en paz, sin embargo noto que desde mis ojos cae alguna lágrima que lentamente me cosquillea la cara, es que lloro, casi es un placer. Un placer que dura muy poco; un gato me ronronea entre las piernas y luego se pone enfrente de mí mirándome a los ojos, así, fijamente.                         Bueno, ya no estamos para juegos, me levanto y como si le diera a un balón de fútbol le planto una patada en la cara, en el hocico, que lo levanta del suelo y provoca que en el aire haga como una pirueta; trato de arrearle otra más fuerte según cae pero se revuelve y… ¡ah¡, amigo, hecha a correr. 

      Miro para atrás, donde está mi coche, y voy a él... Lo que más le jodió es que se echara a reír, a carcajearse, colorado. 

Desenganchó la manguera que estaba perfectamente acoplada al tubo de escape y que llegaba hasta una de las ventanillas del coche. La recogió. La metió en el maletero. Arrancó y marchó de allí. Quién se iba a imaginar que por este sitio iba a pasar este calamar que ahora estaba en lata. Aunque era un lugar muy utilizado para hacer deporte: correr, bici, paseos acelerados de paisanas gordas en chándal, etc., no se podía creer que tan tarde , a esas horas de la noche, que se dice, aparecería por allí Diego. Su bicicleta (de la buenas), su casco, su todo. Después de hablar, enfadarse,                                                                                                                                                                          

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discutir..., lo que le hizo explotar es que empezara a reír, a descojonarse mientras le decía que "tú nunca has estado muy bien de la chota, tío". “Que no se lo diré a nadie, que no..., que no lo vas a hacer...”  -decía Diego, feliz y alegre-. Ahí fue cuando le rompió el cabezón. Eso también pasa por quitarse el casco cuando va uno en bicicleta (juajjuuuujajajhhusjajaaa). 

      Luego me enteré que Borrego se había pegado un tiro en la cabeza, con precisión, quedó frito, y que había dejado una nota. Dicen que lo que más le costó fue hacerse con la pistola. En fin.

 

Oración 13ª. Te adoro con fervor, deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida. (Santo Tomás de Aquino)  

 

      Renaces. Vas a vivir una segunda juventud. Yo no soy de este Mundo. Lo veo, ésa, tu segunda juventud; primero, despacio, después normal, y algunos días con entusiasmo. Renaces. Tu segunda juventud. ¡Que se mueran!, cabrones, hijos de puta. Yo no soy de este Mundo. Y tú estás aquí, seguirás aquí, irás después de todos.

      Vestido estampado de flores, vestido blanco, pecas en la cara. Alcohol. Siempre todo nuevo. Alcohol, alcohol, ya no veo nada, soy optimista, casi feliz. Tus ojos, tu mirada de no entender nada. Ven… ¿Te ha gustado? (Imagínate a ella y a mí). Ya lo he dicho: tus lágrimas saben a mar.

La casa abandonada, los cristales rotos, la puerta bien cerrada. La Casa Muerta, arena en la entrada, a la puerta, justo. Tengo la fuerza de toda la noche, de todas las noches. Mi voluntad, Dios, consigue que yo sea libre en esta oscuridad. Dios, que no nos has indicado rumbo, ni puerto alguno. Mi voluntad rompe el curso natural de las cosas. Yo creo, soy como tú, Dios.

La casa muerta, la puta Casa Muerta. Y tú, cielo, vestida y perfumada para seducir. La belleza inventándolo todo, iluminando esta oscuridad raquítica, roñosa, piojosa, mediocre; creando vida.

      Vestida para seducir. Piernas, pelo, labios. Todo gira a tu alrededor, te mueves y todo se adapta a ti. Entregada a la vida, y ésta a tus pies, arrodillada. Esplendorosa, delicada, fuerte, brillante, despectiva, amable. Llevas todo en ti. En esta pantomima, en esta cárcel tú eres el mar, el olor del mar, la libertad. Nieve en el desierto. ¿A qué huele? Huele a mar, es el mar, está cerca. Y yo estoy aquí, joven, fuerte. Desafío todo, no me tiembla el pulso, puedo. Morir y reírme. Dispárame, me río, no tengo miedo. Me abro el pecho con un cuchillo, miro dentro, nada: bien. Escupo al vacío, al miedo, a todo (incluidos…). Todo me importa, sé que el tiempo, clic clac clic clac, lo consume todo, pero le piso la cabeza al tiempo, se la reviento, me la reviento, fumo un cigarro (pues sí, mira tú, oye). He sido más joven, seré mayor, sí, sí, mayor. No dejaré que me digan cuándo tengo que dejar la 

 

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película ésta, saldré del cine cuando a mí me salga de los santísimos cojones. Sí, sí, falditas, falditas oscuras; sí, sí, raquíticos miedosos, a mí no me jodéis. Rebaño, que sois un rebaño de ovejas asustadas. No me voy a arrastrar, no voy a andar por la calle con el mentón rozando la acera, encorvado. No. Ahora mismo qué más quisiera que las mentiras que me ilusionan permanecieran siempre, son un motor que va como la seda y está bien cargado de gasolina. Quiero mentirme. No podré tocar esto, no podré tocar lo otro; en línea recta, como en una regla, camino sobre los milímetros y me voy dejando atrás. Consumiendo la vida. Quizá lo mejor sería que ésta fuera corta, explosiva, pasión pura y guerra y amor como el hierro al rojo vivo, a la larga, plácida, o no; yendo a menos, a menos, a nada. ¡Ah!, eso sí, siguiendo el camino marcado: esto, luego esto, luego esto otro. ¡Que os jodan!, si quiero no sigo el curso de las cosas, marcado, marcado por el miedo (buen guía, “El Guía”). ¡No tengo miedo! Corto, explosivo, feroz, con pasión, loco antes que cuerdo. Además, me río, yo sé reír, reír, ¿sabes? Reír.

 

Oración 14ª. Salve Puta, tú eres El Mesías.

 

      “No sé quién soy”, exclamó una mujer joven, prostituta, con quemaduras de cigarros en los brazos, con angustia en la cara. Se la llevaba la policía. Ella, en vaqueros y camiseta blanca, sucia, sin mangas. Estaba despeinada. Había mucho calor, mucho Sol, la calle era ancha, parecía un desierto. Los policías y ella.

      Ella decía: “No sé quién soy”. “No sé quién soy”. Y el calor, y el coche de la policía. Mareada, sentada, arrestada, ni lloraba, en la parte de atrás del coche (el coche, el vehículo, el automóvil de los buenos, de la autoridad, de la justicia armada con pistolones).

Millones, infinitas lágrimas no aliviarían, no saciarían, no llenarían nada, nada, de su vacío; no calmarían su angustia -¡cojones!- ¡Mira que hay lágrimas! Millones y millones de lágrimas por ahí, evaporándose, y ella no podía ni llorar una, ni una gota, nada; el vacío, la muerte; “no sé quién soy”. Quemaduras de cigarros en los brazos, en las manos, pinchazos de agujas.

Alguien en el coche, en el automóvil de los buenos (hacen su trabajo, cumplen, y eso es lo que hay, es importante) dijo, con una voz, así como nasal, como si tuviera los agujeros (dos) de la nariz (pequeña, minúscula) taponados por unos mocos muy antiguos, ya endurecidos, como tapones de corcho, “Ésta está…, ¡joder!, mal, mal”. Respuesta del colega, del compañero en El Bien y La Justicia: “Sí (esta voz era limpia, clara, clara y

 

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azul como una bonita mañana de primavera, eh), eso parece, pero tiene unos ojos preciosos…”

      Como una luz, como un beso, ella oyó, sintió eso de: “…tiene unos ojos preciosos”, y le vino a la mente, un poco entre nubes, en la niebla, una niña a la que su abuela decía: “María, tienes unos ojos preciosos, eres la niña más guapa del Mundo”. Luego, un beso, dos, y un abrazo.

Esto, su abuela y su frase, se abrió camino en su cabeza y María, la prostituta, puta, drogadicta María; la humillada y perdida María, durante unos segundos vio a la niña que fue; y según iba pasando el tiempo, los minutos, El Tiempo, las calles, ella, instintivamente, se agarró a ese recuerdo… Pero, ¡ay!, se iba, se iba…, parecía que se borraba…, no volvía; se iba…, y volvía con esfuerzo. “Mis ojos preciosos, mi abuelita”, a ello me agarro (pensó María, con alfileres clavados en el alma, con cuchillas en la garganta), con voluntad, quiero salvarme. Fuerza, la fuerza de la voluntad consiguió que el recuerdo se instalara por fin, firmemente en la memoria, en la mente de María, y ésta, con una sonrisa que no se reflejaba en su cara, notó, después de veinte o más años, que una puerta se abría, que empezaba a sentir que sí sabía quién era. Se horrorizó por haber llegado hasta donde había llegado. Se estremeció de alegría por sentir que su fuerza de voluntad  había conseguido que la niña María empezara ese día a desbrozar el camino hacia la luz, en su memoria, hasta conseguir instalarse como un sólido pilar sobre el que edificar lo que ella era.

María: “Sí sé quien soy”.

Un policía, el que conducía, al oírla: “Ésta está jodida, ¡eh!”

      Las Vegas, EE.UU., allí, donde todos los paletos del Mundo se entretienen inocentemente y, a la vez, de la forma más viciosa. Excitados.

                                                                                                                               

 

Oración 15ª. Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos (¡Joder, me estoy poniendo muy serio…, no sé, no sé!)

 

Todo está bien, ¡todo! Corre, corre, nadie va detrás, nadie delante, corre. Hay silencio, niebla. Suda, sigue, corre. Un silencio de piedra, mortal; tu respiración, el roce de tu ropa, se oyen; corre. No hay nada de nada. Vas llenando el vacío con cada zancada que das, con cada paso de la carrera, los dos pies en el aíre, un apoyo y a volar, un apoyo y a volar…

La niebla, puntos amarillos de las farolas en la calle, ni un coche, persianas cerradas.  

Enero; dos de la madrugada. No pasa nada. Todo está bien. Uno se cruza, vestido de negro, lo conozco, con una boina (de ésas así como de poeta con coleta); antes era gordo, adelgazó, se le ha puesto cara de amargado, de 

 

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coliflor, de loco, pero tiene novia, el esfuerzo ha merecido la pena…, hasta ahora. Está delgado, es un delgado gordo. No lo saludo, claro.

El sudor, el calor, menos un grado, y ahora vas y gritas, dirán: “Un loco”. Te duele la garganta, mañana hablarás ronco, bajo, casi susurrando. ¡Aaaaaaaaaa! Puedo hacerme un gigante y ver toda la ciudad como un hormiguero, puedo aplastarla, abrazarla, dejar que me mate, incluso.

Nadie delante, nadie detrás, hacia ninguna meta, vestido normal, “de calle”, corriendo, tos, el tabaco, no paro.

      Hay gente que ha muerto, no ve lo que tú ves; conocidos, descansando, muertos. Y tú, corriendo. Los muertos no sienten nada. ¿Descansan? Nada. Gusanos, los han comido, los gusanos. En mi memoria están, están vivos. Uno en los servicios de una estación de tren, con baba verde en la boca, saliéndole, muerto; otro, morado, en otros servicios (retrete, inodoro, baño, excusado, ¡retrete!). Y tú, querido de lágrima fácil, compañero de colegio; la m con la a y con la m y con la á, quiere decir: mamá; muerto, debajo de un banco en un parque en una ciudad del norte de este estercolero. Se ve que te pusiste debajo porque aun con el placer del pepinazo notabas frío.

Yo corro; ¡joder, hijos de puta! Corro y ando y corro, ¡cabrones! Los mejores días son los que la muerte me es igual, incluso la quiero; ésos son los días en que soy más libre.

      Brutos con las uñas sucias, padres que pegaban a los hijos. Borrachos babeando en un bar. Sí, hombre, en el bar ése, en el del infierno. ¡Que no querías ir!, pero chaval, si tú no cuentas nada, ni una mierda eres, te traen aquí, aquí, que es el bar del infierno, aquí, que es el Mundo, la vida. ¡Tan bonita, tan divertida, joder!

Luz, mañanas de luz y sol; verano por la tarde y mucho calor, mucho, el balón rueda, estamos colorados, como si tuviéramos fiebre (para mí la fiebre es que es jodida, jodida, pero en este caso no, claro), el balón, el fútbol, el sol, el agua; bebes agua al acabar la felicidad.

No importa, todo está bien; yo también me moriré; que sea rápido; nada de andar tocando los cojones. Sí, todo está bien, incluso así: bajo la tormenta, desnudo, provocando a los rayos, sintiendo la hierba aplastada debajo de los pies. La cabeza levantada, encarada con las nubes grises recibe el agua de la lluvia que va borrando el gesto dolorido y desafiante con que mi voluntad y mi fe desafían este ejercito de truenos y de rayos; de furia desatada. Y es que soy la tormenta, las nubes, la lluvia, la hierba. Y es que soy yo.

      Otras veces, bajo la luz de la Luna, inmerso en ella, mi sombra me acompaña, mis pies y ella forman en el suelo un ángulo recto, perfecto. Un pensamiento de cristal flota y estalla como una burbuja delante de nosotros. Mi sombra, la tierra, el tiempo, todo es como plata.                                                                                                                                      

 

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Beso la noche de cristal, transparente, limpia, fresca. Nada. Y en esta oscuridad. Con el brillo de la luz de los bares, de las cafeterías… En esta oscuridad. Con las terrazas en las que la gente cena. En esta oscuridad hay un ángel negro, con los dientes brillantes, las alas de azul oscuro, los ojos rojos, que abraza la noche con su inconcebible y permanente presencia en todas partes.

Ángel negro, de corazón oscuro; la luz de las farolas (en vez de “la luz de las farolas” podría poner “la luz del alumbrado público”, pero tío, que no pega, chaval) no reflejan ninguna sombra cuando pasas al lado de ellas.

Esta oscuridad, esta noche, estos días, esta repetición de los días…Y sé, ángel negro, que hay un cielo dichoso, de luz, sonriente y dulce. Sensación. Cristal. Al lado del mar (estos que dicen “la mar”, de verdad, es que me hinchan los huevos, joodeer). ¡Qué limpio y fresco es el aire! Cristal. Azul. Agua. Salada al mediodía. Y dulce en la noche iluminada por luces de mentira. 

Esta playa, este rincón que se llevará el viento. No me canso. Camino, sigo el rastro de la belleza, su estela ilumina esta noche poblada de muchos cielos. Camino, te pierdo, no te pierdo. ¡Esta luz, esta belleza!, y todo tan cotidiano. Verás el mal cara a cara. En una cuesta. Brillante y blando. Blando y malo. El mal, nada. Y pasará por el cielo un abrazo, dulce, fuerte, débil. Girando, como la locura.

 

Oración 16ª. Sois todos unos putos gusanos, a ver, ¿qué sabe de geometría descriptiva una gallina?, por poner un ejemplo, nada.

 

      Sólo tengo que silbar para que se mueva la Tierra. Levanto un brazo y saludo al color dorado de la tarde. Silbo, y el Mundo gira en la dirección adecuada. La misma Luna, la Luna de siempre, después, me saluda.

Un océano, por descubrir, de agua misteriosa y verde corre por mis venas. Silbo, y después la tarde me explica el origen del tiempo, el origen de todo, el principio. Y la luz dorada de la tarde, y el color dorado del fin del día. Vencer al tiempo, a la muerte, ser un niño. No saber que no se tiene en cuenta en este camino más que el camino en sí. Ser agua, ser presente, ser pasado, ser futuro. Sonreír sin obstáculos, reír si maldad. Y así, tan fuerte, correr, correr y confundirme en el fondo azul de este cielo que veo y que está en mí, tan claro.

      Como un martillo golpeo la realidad y fundo lo dulce con lo amargo. Todas las cosas reflejan mi sonrisa. Mi sangre me acaricia, y me elevo. Y a este día luminoso. Desde esta cárcel. Lo saludo. A este día luminoso. En libertad. Lo saludo. Lluvia de luz, este sol. Solitario. Negro. Llama la 

 

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atención. El pozo. Fresco, libre, azul, extenso, luminoso, sonriente, fuerte. Llama la atención. El horizonte.

      Tú, julai, membrillo, ¡que no se te olvide, escucha, momia!, escucha: de color de rosa. Como la muerte, como el color de las bromas de la muerte, son los sueños. Pero abandonado; como una flecha, hacia delante en el espacio y en el tiempo. Y es nada, todo. Nada y todo, la vida. ¡Qué más da la muerte!, es nada, nada, nada. No hay nada. Gente escarbando en la tierra. Escarbando con las manos. Un poco de Sol. Sol. Nada.                                                                    Gente con fiebre, al Sol: los pobres (¡me cago en la puta leche!). Imaginando su vida, es lo que hacen, nada más. ¿Y qué? El futuro, el pasado. Hablé en la televisión. Y ahora es invierno. Hay que escarbar. Tomo veneno. No quiero que haya niebla. ¡Qué peso! ¡Qué oscuro! Venga, al Sol, ligero como el aíre. Fresco, como la sonrisa de un niño. Sin misterios, todo transparente, brillante, translúcido, feliz, alegre, fresco. Como agua fría en verano. Y la luz. 

      También hay mañanas sin verde que tienen sabor a manzanas de arena. Y tú, con tu sonrisa, con tu gorro; lejos del mármol muerto, lejos del diseño. Lejos de estos tiempos de artificio y frío. Con tu sonrisa: el calor, la ropa, la madera, la nicotina. Estamos viendo en ti el tiempo de la lluvia que repiquetea en las losas del tejado, de fresa, de limón. ; cantando una “nana” para cualquier edad. ¡Ah, Dios!, la memoria, el sonido del viento, el cielo en invierno, la noche llena de alfileres de noviembre. La nieve, el humo, las cartas, el café, la mesa, y, sobre todo, la pared que separa todo esto de la fría tarde de domingo en esta puta ciudad coronada de nubes grises y oscuridad… ¡Un aullido de lobo alrededor! Vienen con él los mil años del árbol que te saludó por primera vez en tu niñez, el desierto, la geografía 

que marcaba el territorio del hambre y que te empuja hacia la luz, hacia el mundo nuevo. Hay más cosas, pero bueno, ahora estás aquí, en este sitio, que también tiene historia, a pesar de que lo contemporáneo lo está ahogando para pasar a ser dentro de mil años también historia. 

      Hay un parque, al lado, una montaña. La montaña es como una pared gigantesca, ciega, sólida, infranqueable. En el parque, bajo el implacable sol, pasean sin sentido personas (así, sin más, personas). Hay algunas que abren la boca como boqueando, como los peces cuando están a punto de espicharla. El suelo es de gravilla. Y un niño, sin saberlo, se esfuerza para que las cosas encajen. La iglesia, el camino, el cielo, lo azul. Está el niño entrando en el mundo. Y las risas, y los tréboles.

      El aire limpio alrededor, la mirada viva, al frente. Y esa estela que dejamos en la vida como una firma volátil. Hay una nube de pequeños gritos que, como la niebla, rellena las calles produciendo una sensación de sofoco y de cárcel. Es la atmosfera que, acompañada de la música alienada 

 

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y loca de los cacharros en las cocinas, lo envuelve todo en las noches de verano, en las ciudades, en sus barrios, a la puta hora de la puta cena. ¿Dónde está el mar azul? ¿Dónde está el aire fresco?  El mar azul (¡es azul, ¿no?, o qué!), el aire, el cielo, las estrellas, y esa luna que se refleja en la superficie ondulante de este mar que es mi tierra, mi porqueriza, mi mierda de ciudad.

Hay algunas mañanas en que creo que hasta aquí, tan lejos, llega el olor del mar. El cielo y el aire están limpios, y ese inexplicable olor a mar es como una caricia. Mañanas luminosas como un niño recién nacido. De noche, un tulipán descansa. Me acerco, lo arranco del sueño, no se queja, qué es su silencio… Me lo  llevo, y aún en la agitación no dice nada, parece que no sintiera, que no padeciera, parece tan feliz como cuando descansaba. Arde el estómago, la Tierra está llena de valientes, tan pequeños, en este universo infinito. Y siempre, en su sitio, la muerte, con una paciencia también sin fin. Deslumbrada, belleza en el estercolero. Erguida sobre las ruinas. Deslumbrante, iluminas la basura. Limpia, fuerte, inocente, refractaria, aún, a la porquería. Como una imagen divina. Eres la esperanza del Mundo, la vida. Tú, deslumbrada y deslumbrante belleza. Como la proa de un barco, enfilando el futuro, cortando el aire, elegante.

 

Oración 17ª. ¿Quién tiene la razón, la verdad? La fuerza, siempre, finalmente, la fuerza. Y no hay que darle más vueltas; es así. 

 

      La tierra de los sueños. El laberinto. Luces de fuego. Cuestas, árboles. La tierra de los sueños. Y el mismo Sol, la misma Tierra, el mismo Tiempo en el que otros están vivos es lo que a mí me seguirá acompañando cuando 

ellos hayan muerto; puede ser ahora mismo. Palmeras, sol, el desayuno; hay gente valiente, que muere luchando, ¡eh!, que no pide perdón.    Valientes que viven sueños veloces, como una estrella fugaz, y mueren, y viven, y brillan. Valientes, a 42 grados centígrados. Ellos, principio y fin de toda confusión, principio y fin de toda luz. Caramelos en el aire. Todos viven en la Casa Azul, que tiene un montón de arena en la entrada de la única puerta. Que siempre está en silencio, hoy bajo la lluvia, en la noche.

Los ladridos de los perros (chuchos, canes y tal), como rayos de sonido, se pierden, rotos, al final, en el terciopelo oscuro de la noche. Y la Casa Azul sigue en silencio, sólida, con las pareces envejecidas. Está en su sitio, ahí, tan tranquila. Deshabitada.

En otra casa, en otro hogar -dulce hogar-, la bruja prepara la cena. En la pota marrón hierven los sueños, que se perdieron, de unos niños, desprendidos en fragmentos en los juegos de la tarde y que ella, dando un paseo y sin prestar atención, recogió. 

 

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Es el alimento para la cena en esta noche bruja, en la que también hierve la montaña, así, sin que se note.

      Navegas, navegas hasta el fin del Mundo (que no tengo ni puta idea de dónde está…). En cada punto, en cada instante del trayecto, el principio y el fin. Navegar, el viento que nos lleva es la Voluntad, la gran fuerza invisible que hace al universo vivo. Territorio de amor, nubes blancas… y el corazón del mar. Viento, frío, las flores se mueven. 

Y el tiempo en carne viva. Los zapatos limpios, brillantes, rotos… En carne viva. La camisa limpia, blanca. Y una sonrisa, ¡cabrón!

En esta noche violeta y borracha, todo dejará de ser mentira. Salpicarán las estrellas, con su luz casi infernal y de sueño, los dos caminos que van al pueblo. Pueblo de ladrillos, marrón, blanco y negro; con una habitación que hace esquina en esta plaza, sola, bañada, sumergida en una luz de silencio y plomo. Como plomo, en paz; sin ser eterna. Hay una cruz, en ella se sujeta toda la arquitectura del hombre. Una cruz, la forma que toma la voluntad muerta de ser Dios. Seré, en esta tierra plana, un abrazo.

      Más alto que el azul más alto; y verde, y rojo. Profundo. Un océano como el violeta de la tarde, como plata derretida; en el borde de mi sensibilidad, con el abismo a los pies. Oscuro, indescifrable, terrible, atrayente, misterioso. Azul, un azul tan alto como el cielo. Y me hablará la sangre, el tiempo. Y me helará la sangre. Camino rojo, de tierra. Me helará la sangre. Vacío. Arráncame el corazón. Escúpeme tus lágrimas. Revienta el cielo, tíñelo de sangre. Arranca, pisa, destroza, rompe las señales de la calle. ¡Puñetazos en el cemento! Corazón abierto, campo de Dios. Caricia, flota en esta delicia. ¡Tan oscuro!, silencioso, repta en la noche por las calles, pegado a las paredes, muy silencioso, abarcándolo todo,

¡amenazando a la muerte!

      Aquí estamos, en el puro centro, en el corazón de la oscuridad, con tres pares de cojones, bien puestos. Yendo hacia delante esforzadamente y sin saber a dónde; pero adelante. ¡Con cojones! Aquí, en medio, en el purito centro de la oscuridad, en su mismísimo corazón criminal. Por eso aún hay, cómo no, gente con la camisa abierta a la altura del pecho, que vuelve de acariciar la tierra en la huerta, al atardecer, a finales de mayo.

Hay también, aviones que van en dirección contraria que nos envían un color de oro, reflejo del sol que se retira a descansar (¡lo que yo haría si tuviera tres o cuatro millones de euracos; pero bueno, yo haría algo más que descansar…!). Y torres de piedra o de porcelana que son como un caramelo, ingrávido y frágil, agujereado sólo para que se vea a través de él el fondo oscuro, limpio y brillante de este inicio de la noche que acompaña a la gente que vuelve de la huerta, que vuelve de acariciar la tierra. Con una gorra (barata, de ésas de publicidad, por ejemplo), con la camisa abierta, el 

 

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pecho al aire, las manos limpias, la piel morena, y una sonrisa eterna, eterna.

      Y otros, a cambiarse la sangre, en esta tarde de musgo. Ambulancias cargadas de caras sin color. Pantalones de tela, camisas muertas, antiguas. Caras cetrinas, muertos de pie. Rum, rum del motor de la ambulancia. La vida sigue, mecánica, casi. Hay una flor con un color tan pronunciado que hacia él confluyen todos los dolores para disolverse y hacerse luz, sólo luz y vida y alegría. A cambiarse la sangre, en este puerto donde se rompe el azul del cielo, del mar, del futuro; con la camisa viva, suave y joven, de otra edad.

 

Oración 18ª. Vive.

 

Quede claro que yo sí lo sé, lo sé; estoy escribiendo en la arena de la playa, estoy escribiendo en el aire. Estas palabras que no se ven, que no se escuchan, son relámpagos de la inteligencia de la humanidad toda; no son producto mío, yo soy el producto, yo soy la palabra. Soy la de todos los hombres, y me veo con indiferencia. Humanidad feliz, doliente, mas, siempre dichosa. Feliz, feliz escribiendo en el aire, yendo de la mano del tiempo, dejando atrás la vida, y consumiendo lo que nos queda. ¡Como si nada!

      ¡Y que no faltes tú! Vamos, ven, vamos a girar, a girar juntos, tú y yo. Somos un huracán, un torbellino. Una tormenta de vida. ¡Mira!, mira como se concentra todo, las estrellas, el oscuro de la noche, la Tierra, la nada, la vida, la muerte; mira, mira como se concentra todo en ti y en mí. Ven, vamos a girar, a girar sobre el eje que nos une, en un abrazo ligero, y que todo lo que hay gire alrededor nuestro. ¡Giremos! Que nuestra sangre salga como sale el sudor, y sus gotas salpiquen el aire vacío y caigan a la tierra buscando un beso en ella. Gira, pequeña, gran y querida puta. En medio de la noche, en el centro de la pena; vamos, vamos a girar. Moriremos en nuestro baile, puta; ves, mira la sangre como sale y nos envuelve. Deja ese tugurio, es mejor morir. Entonces muere, muere arropada por mí y por tus mejores recuerdos; sé una pluma de amor, limpia, blanca. Deja esa basura. Mátalos. Escúpeles. Vamos, vamos a bailar, a girar, que nuestras caras se pierdan de vista de tan cerca que estamos. Vendrá la vida, y luego vendrá… la vida. Bailemos, que hiele, que haga calor; te abrazo ligeramente, firmemente, gira, ríe. Todo, todo y Dios nos mira. Y yo me río, rotos los dientes, y tú te ríes, roto el corazón; abrazados, abrazados ligeramente en medio de este camino asqueroso y levantándonos sobre él, flotando. Entra con una pistola, pégales un tiro, pégate un tiro, mátame. Pero baila, hazlo todo; pero después baila, gira conmigo; vamos a sudar 

 

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sangre. Cielo. ¡Tan dulce! Dios, estas aceras, este frío; te abrazo, doy una patada a una puerta, rompo mi coche a pedradas, rompo el carnet, el DNI, escupo al dinero. Pero sigamos bailando, girando; somos el purito centro del Universo todo, y de la nada también.

Tú, con tus labios rojos, tus cejas negras, espesas, grandes, tus ojos achinados , tu nariz un poco aguileña, tu pelo negro, tu cuerpo delgado; tu olor a tabaco, tu aliento a tabaco. Baila puta, cielo, amor, princesa; baila, al fin qué más da, moriremos. Pero ahora baila, gira, gira conmigo. Ven, mátalos. Ahora, diosa, devuélveles la vida. Porque yo piso tus ojos negros; sonrío, andando, sangrando por el tejado. Soy el loco. Soy verde. ¡Tengo la camisa más bonita del Mundo!, el cuello es de punta. Es verde. Soy el loco y el cuerdo a la vez. Te arranco los dientes. Humo de leña quemada en otoño. Música. El calor de la calefacción del coche en mis pies. Sin casa. Con casa. Mi cerebro es el Universo. Ahí moldeo, esculpo tu cara. Pero piso tus putos ojos negros y me mancho la camisa con sangre. Y como humo. Disuelto en el aire. La pureza.

      Rocas puntiagudas se estrellan en mi alma. Arañazos de realidad me hacen sangrar... Sin embargo yo, el Titán, la verdadera roca, os escupo encima. Os rompo, destrozo, despedazo...Todo sin tocaros un pelo. Yo: ¡el Titán!, ¡mátame! Mi sangre circula como si fuera alambre del que alguien estuviera tirando de una dirección a otra. ¡Mátame! ¡Mátame! Realidad. Me cago en el asco. En ti. Puta.

 

Oración 19ª. Las estrellas ya forman parte del cielo de la ciudad. La ciudad es un laberinto. 

 

Así pues, y como lo que nos debería tener en vilo es qué le pasó a Borrego que nos pudiera pasar a nosotros y que si así fuera provocaría que acabáramos como él, o sea: volándonos la tapa de los sesos (los sesos, de animales, claro, animales no racionales, son, eso dicen -yo creo que no los he probado, me dan asco- un plato exquisito, quiero decir, un plato no, una comida, vamos, lo que se pone en un plato para que los tragones, zampones o comensales coman), comenzamos la parte en la que nuestros antepasados, los primitivos íberos empezaron a darse de hostias en la, en esta bella Península Ibérica de los huevos fritos, forjando así el carácter, la forma de ser de este puto patatal. 

A Borreguín le encontraron alguna cosa escrita, cuando, bueno, eso, cuando limpiaron sus..., o sea, eso. Un texto de ésos rezaba (¡rezaba!, esto es una obsesión ¡joodeer!) así: "Este país -escribió Borrego, como decíamos-, esta España, mi patria, mi querida, querida patria de los cojones, es bovina, conejil, envidiosa, con ansias de que, por ejemplo, la invada 

 

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Alemania, y recibir al los invasores con los brazos en alto, rendidos..., pero luego, cuatro o cinco meses después, sacarlos a hostia limpia del solar patrio -la Península Ibérica, ya digo- y así quedar de nuevo sólo solos nosotros sacándonos los ojos. A dentelladas. Malamente, porque bien es sabido que las ovejas o los conejos no son, ni mucho menos, depredadores, vaya, que no tienen buen diente. Eso, a malas dentelladas entre nosotros, que es como estamos más a gusto. Sangre propia, de salsa. 

      Cuando se para, por sorpresa, por avería, un ascensor, y hay en él más de tres…, pongamos que hay cuatro calamares, o merluzos, o gusanos, la situación, inevitablemente se vuelve más violenta y embarazosa que antes de pararse (sí, porque ir metidos cuatro en una caja… no es normal, ¿no? ¿Y eso por qué?).

      Gafas oscuras, de esas de sol, que se dice; agua en los zapatos -no es tan raro en zapatos muy gastados si llueve-, otoño. “¿Me puede dar algo, caballero?”, y contesto: “Yo no soy un caballero, hostia, yo no te doy nada (estos pobres son…, en fin)… Bueno, sí, te doy un abrazo, te abrazo. Yo lo que te doy es un abrazo, ven, abrázame, así, ¿ves?, es mejor”. “Toma, y dos besos. Si quieres te beso en la boca. Mujer, te beso, aquí, así, que nos vean, besa, con la boca bien abierta”. “¿Ves a esa señora gorda con bigote y con mala mirada?”. “Mira”. Entonces voy, me acerco al bigote con gorda y le doy una patada en la barriga, fuerte, con mala leche. “¿Lo has visto?”.

Que me lleven, es igual; desde el coche de la policía, muy formalito, te mando un beso que he colocado en la mano y que soplo en tu dirección. Estatua. Eres una reina, una estrella, eres el sol. ¡Amas tanto la vida! Hay tiempo, ya nos veremos.

      Sol, no pidas. ¿No ves que son mierda? Te veré. Será en primavera, ¿sabes lo que vamos a hacer? ¡Molestar! ¡Que nos peguen un tiro! Incluso podríamos aguantar la tortura. ¿No ves?, si es igual. Se afanan, se afanan… para nada.

El abrazo y nuestros besos han roto el curso lógico, normal, de las cosas, de la vida; hasta la Tierra se detuvo un momento, hasta el mismísimo Dios nos vio como unos desobedientes malos, pero Él sonriendo.

Sabe que la gente como tú y yo, científicos, rebeldes, locos, visionarios (esto de “visionarios”, ¡cómo suena, joooder!, en fin), raros, marginados… y otros muchos más pringadetes por el estilo son los que hacen que el Universo esté vivo, vivo de verdad, de verdad, porque en su expansión hacia ninguna parte somos nosotros, la gente como tú y yo y los otros pájaros del mismo estilo, los que lo dirigimos hacia caminos nuevos.

Pero, pringada, que sólo te conozco de verte pedir por la calle, arrastrando tus treinta -o así- años, no pidas limosna más. ¡Mátate! Violeta, helado, color violeta. Es mejor. Y ya que hablamos de esto, lee lo que sigue, momia.

 

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Oración 20ª. Venimos dispuestos a matar… y a quemarlo todo, incluso si es necesario incendiaremos al propio Dios.    

 

      El suicida, el suicida y tu pelo rojo, tu pelo rojo. El suicida se tiró desde un noveno piso, a la hora de comer. Freían en la cocina patatas, huevos (siglo XXI, ¡cada vez hay menos huevos…, yo no sé qué pasa!), hervían comida (¡putos gusanos, macacos!), olía a, a qué va a ser, hombre, a comida, ¡joodeer! El suicida (que era profesor de Geografía en un instituto de enseñanza media, bachillerato y esas cosas) se tiró, y en el suelo -o asfalto- al llegar a él, reventó por dentro. Sí, no había sangre ni nada…, por lo menos no se veía. ¿Qué pensaría al caer? Esto es una cosa…

A la hora de comer el suicida dijo adiós -adiós, muy buenas-. Que os den por el culo.

Y tu pelo rojo. Los gritos de la hija desde la ventana, gritaba muy fuerte, pero es como si no se oyera nada. Daba un poco de…, de, esto, ¿qué pasa aquí? Bien, pues, el dolor, la locura, las cocinas infernales. Tu cuerpo, tu cuerpo, tu belleza, tus lágrimas, y, sobre todo, tu pelo rojo.

      En la carretera, de noche, miles y miles de suicidas son estrellas que brillan, chisporretean, limpiamente, en esta noche de cristal. Estrellas que parece que estuvieran de fiesta, celebrando… yo qué sé. El suicida se tiró desde un noveno piso para acabar ya. Acabar ya. Dar clase en un instituto, eso, eso hay que vivirlo, y para contarlo hay que tener también cojones, porque da asco hablar, escribir de eso. En la carretera la línea que la divide en dos partes (la hostia se la puede dar uno en un carril o en otro, a escoger), cuando es una línea continua parece que me sujetara, y cuando es discontinua es como si me marcaran el tiempo, alguien, ellas, pim, pam, pim, pam; son como las agujas de un reloj (¡si tuviera ahora mismo otra cosa que hacer no estaría escribiendo, eso que quede claro…, y es que ya me jode, cojones!, pero bueno, pasamos el rato, total…, es de lo que se trata).

Veo las luces del salpicadero de mi coche (es un decir, porque me lo han prestado) reflejadas en mi cara al mirar al espejo retrovisor; ellas, esas luces en mi cara parece que dan calor, agradable, el calor.

Estoy en la carretera. Llevo tu pelo rojo en mí, y es como una droga.

      ¡Que noche más hermosa! Este viaje no acabará nunca. Cuando voy a vomitar (hombre, ya lo sé, queda mejor regurgitar…, pero joder, eso es así como más memo) bajo la ventanilla, paro el coche (el carro, card, je, je, ju), y me meto los dedos en la boca y sale el vómito como si abrieras una manguera y una presión muy fuerte hiciera que saliera lanzado como un 

 

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cohete un chorro de basura que se deshace al caer como fuegos artificiales ya apagados. ¡La fiesta del pueblo, cojones! Basura pesada, o ligera. Ligero y a gusto voy quedándome en cosa de segundos. ¡Ugggfffffgg!

Un cigarro. La carretera. Luces que se cruzan en dirección contraria (la gente es que siempre anda al revés…, la gente es retorcida, loca, la mayoría). ¡Zas, zas, zas!... Sonríe el suicida; él está bien, ahora.

      Te arrancaré la ropa. No quiero reventar de viejo; mírame; dispara, mátame. Asfíxiame con tu pelo rojo. Y de ti, Dios…, no sé. Seguro, no sé. No sé. Tú, ¡mátame, joder! (Estas exaltaciones me están empezando a preocupar…, voy a tomar un café…, bobadas).

      Entré en una habitación; la única ventana estaba un poco abierta. La cerré bien; un saltamontes se me había posado en el hombro (quiero decir, en un hombro, porque yo como todos ustedes, damas, caballeros, tengo dos hombros, excuso decir que uno a la derecha y otro a la izquierda o viceversa, porque, claro, derecha o izquierda dependen del punto de vista desde el que el espectador mira, ¡¿qué va a hacer si no, un espectador?: mirar!)… se me había posado en un hombro, lo vi. Volví a la ventana, la abrí de par en par, saqué mi hombro, con su inesperado pasajero, por ella. El saltamontes saltó, echo, sí, a volar. Creo que me lo agradeció y que nos sentimos en ese momento como dos amigos que se despiden para siempre. ¡Cuéntame un cuento, sálvame la vida! Sálvame la vida. Alíviame del tiempo. Rescátame con tu luz. Un sombrero amarillo, me colocarás. Cristal. Hielo y luz. Rescátame con tu luz. Sálvame, aunque no me escuches. Un suelo de plástico. El calor. El tiempo.

      Sin saber cuál, voy en busca de él; del milagro. Elefante azul. Dentadura de oro. Avísame cuando llegue la primavera, amortíguala con una sonrisa, con una noche tibia. Y las estrellas. Y -otra vez, si es queee- el tiempo. No seré, y todo tan joven, aún sin nacer, empezará a cada instante de nuevo. ¡Que llueva, que truene! Que salten chispas de luz. Un rayo, una tormenta. Romper este bloque oscuro, silencioso, sólido, pesado, y que al partirse por la mitad, ellas, sí, salten chispas de luz como nuevos rayos fríos, frescos, como una melodía que fuera igual que un abrazo.

 

      Se refleja; la luz naranja y oro suave; de un avión; en  mis ojos; en este atardecer de otoño (S. XXI, el siglo, de momento,  de los corderos, de las ovejas, los mansos, los aplastados, apaleados, los hipnotizados en pantallas “eléctricas”; tiempo de momias; el principio de un siglo infestado de gilipollas y lameculos; de cobardes y…, vamos a dejarlo, tío, ¡eh!). Hay en mí, en mi memoria, imágenes de montañas nevadas vistas de niño. 

 

      Herederos, multimillonarios, abusones (esto es lo peor, tronko, lo peor), hijos de puta sin mérito…Vosotros, esa minoría apestosa, esa, para decirlo 

 

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en dos palabritas: esa mierda. Pensad que hay gente que se dice a sí misma (y se lo creo, que esto también manda cojones): “Somos la fuerza que mueve las máquinas. Somos el ruido que obliga a la piedra, hacemos las casas. Cuando no ha salido el Sol, con frío o calor, somos el movimiento, la voluntad creadora sin premio, anónima. Somos la fuerza. De pie. Plantándole cara a la vida, a la muerte; haciendo. Somos la inteligencia, el brazo sacrificado del Creador. Mudos, fuertes, haciendo; construyendo el Mundo. No tenemos nombre, trabajamos; constructores de Pirámides contemporáneas. Ganamos nuestro pan, ¡allá las vanidades! Somos, en definitiva, en pocas palabras, así muy clarito: los putos pringados de la Historia; los mamarrachos, despellejados siempre. Vamos, somos los que nos tragamos toda la mierda. ¡Alabemos al Señor, pues!

      Sí, pringao, y tus pies que tanto te han sostenido, que tanto te sostienen, testigos mudos de tu ir y venir en una permanente caricia con la tierra. Así pues, siempre de pie, vertical, eres, querido pringadete, el hilo de hierro y dulzura que une el Cielo y la Tierra. Que sonríe, que sostiene el firmamento. Eres el Hércules que en sí resume todas las emociones, aun sin saberlo. Eres un hombre. Como todos. Más las palabras, como picos contra esa roca invisible que es la nada.

      Por ejemplo: Y lucirá el sol, y las montañas teñidas de oro serán el preludio de esta tarde (ponga usted el mes, es igual) en la que en un cielo azul y frío se verá reflejada la minúscula panza de un avión que va hacia el oeste. Siempre, persiguiendo la luz.

O podemos escribir: Un gato, la casa vieja, destartalada, la casa de los locos. Con un montón de arena en la puerta de la entrada principal; con los canalones oxidados. La casa deshabitada, al lado de la vía del tren. Y arriba, y a los lados, la noche clara, de hielo, más las estrellas, diamantes diminutos que se formaron al salir por las ruinosas ventanas de la casa abandonada pensamientos y emociones buenas. ¡Eh, qué pasa tío, di, eh, bobo!

      Como un pedazo de madera que antes (lógicamente) fue un árbol. Ya no veo a la coja pasear. Me suda la espalda. Un tiesto vacío. La niebla. ¡Que grande es el cielo! Mis zapatos gastados. Mis pies. Las estrellas, las estrellas -que no falten-. ¡Corre, amigo, con el balón, que éste ya forma parte de ti! Gira. Este sol y esta hierba son testigos de la magia que nos llega gozosa e inocente. ¡Qué sol! ¡Pedacito de madera!

Sol. En carne viva. Cerca. Bullir en la cárcel. Alrededor del monumento, debajo de las estrellas -que no falten, ya digo-. Y hay un cielo adornado con pinceladas blancas, azules a veces, de un azul marino. Hay un champú que en la ducha huele a mar. ¡Solecito, solecito! ¡Que sangre amarilla en la casa abandonada!

 

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Como mis padres, como los padres de mis padres, como todos mis antepasados, yo también seguiré el puto curso de la puta vida de los putos cojones; así, como un río sigue su cauce. Yo también, uno más. Tan sencillo. Hacer lo que hay que hacer. Como mis padres, como los padres de mis padres…Uno más.

      El cielo es, por lo general, azul, o así. La memoria tiene el color de la niebla, ¡las zarzas lo llenan todo!, caminar por allí, por ella, a veces hace heridas, sangre. También puede ser un mundo feliz, como el cielo, azul. Sí, y habré visto inviernos. Habré visto otros cielos, leído libros. Habré visto esquinas de casas, Semanas Santas (¡ que es una cosa queee!). Sí, habré leído libros, y el tiempo, el tiempo, la memoria, las personas. ¿Qué es? ¿Qué el tiempo pasa y nos lleva? Habré visto otros veranos, atrás. Habré despertado de otra manera, atrás. El tiempo. Y me moriré. Ser infinito, acógeme en tu ser y ¡olvídame!

 

Oración 21ª. Para mí, Dios; y sus delirios.

 

       Como ovejas, como corderos..., la “mano de obra” suda, trabaja, se sacrifica (¡a joderse!), malvive, hace, construye, planta, recoge..., y Ellos, los amos del dinero, disfrutan de lo hecho por otras manos (las de los desgraciados); disfrutan unos productos, eso sí, que ya cuando llegan al consumidor éste, elitista (el amo del dinero), ya han sido limpiados por lacayos intermediarios entre ellos (los amos) y la mano de obra (lo mataos de siempre), han sido limpiados, digo, bien limpiados del sudor sangriento, de la sangre. ¡Y empezaran a caer estrellas y destrozaran la Tierra, chocaran entre ellas, será el caos, el principio de todo, desaparecerán soles, y otros chocaran entre sí, locura del universo, caos, creación, moriréis ratas, ratas de rascacielos, perros mimados, hinchados, gordos, viciosos, abusones, cobardes..., os reventará la Bondad..., será el día en que ésta se enfade, está cerca, está cerca, está al llegar, parásitos, inútiles...Vamos, ¡mierdas!, en una palabra, tres, mejor dicho: Se hará justicia  (que no sé qué cojones es, exactamente). Pero seréis aplastados, hechos papilla, vosotros, los amos…, y de paso, la “mano de obra”, ¡que cojones!, que tampoco es manca. ¡Menudos cabroncetes, eh!

      Dame la mano, protégeme de los demonios; y si acaso, sí, ¡sí!, que los pueda mirar a la cara. Y agua, y música como el agua limpia. Y la piel plateada por el frescor de esta Luna joven… He ido al río negro, oscuro, en la noche, entre montañas negras. He visto el mal gusto lucirse por todas las partes del pequeño pueblo del río oscuro. He estado al lado del, puto, río negro oscuro, casi sin querer viviendo en la memoria. Y luego, como cuando acabas una oración, veo como la luz se presenta y queda. Y así, el 

 

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río oscuro, con dos pequeñas luces en lo alto, continúa en su discurrir estático. ¡Mira tú, hombre, discurrir y estático; manda huevos, joooder!

      Cómo sonríes, cómo iluminas esta tumba. Mira, mira como huye, como se avergüenza la muerte. Sí, eres este sol, más fuerte que la muerte, ese bicho cobarde, que es porque tú existes; sol divino, sonrisa celestial que triunfas sobre el tiempo. Tú, tú eres la vida, y por ti existe la muerte, bicho cobarde, oscura sonrisa de la nada. Y qué somos: el gimoteo de un niño; palabras, inteligencia. El gimoteo de un niño que quiere que lo abracen, que busca a Dios…, de alguna forma.

…Y allí, donde está el mar, ¡tan azul! Allí, la brisa afilada y suave, fresca y limpia, me acaricia. Y en la noche él se encuentra con la tierra, y se confunde. ¡Que dichosa luna baña, con una luz metálica y dulce, esta playa! Allí, lejos del polvo y de la tierra seca. 

¿Sabes?, paciente, me quedé deslumbrado en medio de la niebla. Pasmado conmigo. Una viga de acero en la frente. Un pozo de agua clara. Una espiral. Dios… El frío, el cristal frío. Nada. Frío en el tiempo. El tiempo (si es que esto del tiempo me tiene como loco, tío, que cosa, ¡la virgen santa!). La lluvia. Las aceras brillantes en la noche de la nada, en este lugar sin nombre y sin sitio, como todos los lugares. Y el tiempo (¡hoostiiaaa!, si es que me dejo llevar…, las emociones y eso, en fin). Más rosas en el fuego. Nieve en la montaña. La ventana de mi casa es el Mundo. Más grande que la niñez. Una sonrisa, y rosas de metal. La nieve. La nieve. Mi infancia. Heridas en las rodillas. El olor de los libros (que era jodido pillarlos…, yo no estaba rodeado de cultura, no; estaba asilvestrado, a la puta fuerza, ¡joder!). El calor. Mi infancia. Mi niñez…, la de todos, la de todos, que somos unos pobrecitos todos.

      Buenos días hielo. Buenos días Sol. Buenos días escarcha. Buenos días hierba, ríos, montañas, árboles, nieve. Buenos días tiempo (que no falte), humo, mañana.

Sol y frío. Sonrisas y civilización. Inteligencia y razón. Orden y libertad, y civilización y amor. Todos los colores. Todo blanco, girando. Buenos días bondad, fuerza. Buenos días voluntad, buenos días inteligencia.

Hoy es viernes, pon tú el mes. Hay viento. Remueven la tierra unas máquinas, ¿para qué?, para joder y hacer ruido, eso es. La verdad y la mentira, todo sigue, está en su sitio. Invierno, primavera, verano…, veo el paso de las estaciones y yo, también, sigo en mi sitio.

Ese cielo infernal del atardecer, ese cielo con los colores del dolor, del dolor tibio, del tibio dolor de la nada. Ese cielo, ¡qué asco de inteligencia! Aun así, abraza y da sentido a la existencia toda, tu sonrisa y tu ceguera cuando guías el carrito en el que va tu niño como una estrella hecha de agua y cristal.

 

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Las aceras y la lluvia, ¡que muerte!, ¡cuántos espejos de pesadilla… sonriente! 

      Tengo que cortarme las uñas de los dedos de los pies, que ya se doblan y llegan a las suelas de los zapatos. . Bien, dicho esto, que no es, digamos, algo que resulte así como poético y tal…Te voy a iluminar, gusano hijoputa. Mira: ¡Cómo brillan las horas en este frío! ¡Es la mañana y su ruido, con sangre como un torrente joven e imparable circulando por mis venas, la que luce con este sol de hielo!, ¡eh!, ¡mamón!... Y en la tarde, la misma de todos los días, la misma de siempre, cuando ya hay menos y menos luz, cuando las voces de los niños antes de la cena ametrallan el silencio, una pena molesta y un nudo en las venas, detiene y convierte la sangre en agua tibia, y con sabor a cloro. La tarde: bebes sin sed agua casi caliente con sabor a jabón. ¡Hostia! ¡Ah, pero no olvidéis la luz!,… ¡que corre el contador…, juas, juas, ju, ju, ju, ja, ja, ja!

      ¡Cómo! ¡Qué grito! ¡Explota! No hay palabras. Nada. No es porque no sea posible ese cristal de luz y vida, no es por eso; es porque si es posible, yo debería ser el cristal. De luz. El cristal. Perla. Calor.

Sangrando, como una fuente, como si fuera agua, y así se fuera este peso. Ligero. Para ser ligero. Todo rojo, en el suelo, rojo.

Me quedé dormido, como una sombra tendida sobre la superficie de mi cansancio. Perdido el peso de mi cuerpo en la ingravidez de unos pensamientos suaves y sin orden. Así, en esta vida mía, llena de tensión y de calor, yo, una sombra perdida en un rincón silencioso, descanso de mí y de esta pesadez que a veces puede ser el vivir. ¡Y todo el peso oscuro de la noche, todo. Todo resplandece. Es así, esta fuerza. Hacedora de dioses!

      Con mi sangre, escrito en las paredes. En patios desolados. Charcos de relojes, de minutos, de horas… La muerte. Reflejos de nada. Roto, rota. ¡Ay!, el Sol, segundo a segundo, consumiéndonos. Ese gato. Nada. La muerte. La muerte. La muerte. ¡Que paredes! La muerte. Y algún sol. Más fuerte que el tiempo. Héroe. Torcerá tu brazo la columna invisible del espacio cerrado en el que te mimetizaste ya. Roto. De lejos. ¡Que lejos! Mi cristal, mi cristal dorado. Fuente. Está. Dios. Colgado, con la piel desollada; las gotas, la sangre cae, salpica, salpica el suelo. Colgado de un alambre por el cuello, y la piel como un pantalón quitado…, colgando de los pies. Pies. Sangre. Te limaré los dientes con mi puño de acero y saldrá la luz, joven, de tu infancia perdida. De tu juventud dulce.

      Arrastro conmigo estrellas de hielo, también nubes y cometas de puta mierda. ¡Navajas en las aceras! Nieve azul oscuro. Todo como el viento, invisible, nada. Estas estrellas y este viento son el dictado que esta noche está escribiendo en el costado triste de quien soy. Martillea, el pasar y pasar

 

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los segundos, mi vida, que mi paciencia y valor sostienen e impulsan en su surcar la nada. ¡Ay!, pero mira que roca, mira que atasca mi corazón. Sin dulzura; es un alfiler líquido, destemplado, nublado, frío. Roca… con veneno sin color. Nada. Me levanto, y camino. Nada. Eres un gato que está loco, que araña mi piel, que a veces es como el Sol (sí, como el Sol, el Sol otra vez, ¡cojones!). Podrido. Rancio. Muerto. Maloliente. Muerto. Quizás. Sí, tal vez. Sí. Luz. Luz. Luz. Luz. Luz. Luz.

 

Oración 22ª. Miraréis a vuestro alrededor y sólo será alguien quien en ese momento esté a vuestro lado. Todo lo demás no existe, es mentira.

 

      Y seguiré tu rostro; de luna. Tu vestido blanco, en la noche. La piel, eterna. Seguiré entre el amarillo del trigo, con la pared del cielo al fondo. ¡Ay!, tu vestido blanco, en la noche. ¡Ay! ¡Qué muerte!, en forma de arco. En forma de arco, tan real. ¡Qué azul! Y sólo una lágrima. Y ya es pasado.

Pero tu sonrisa… Alguna tarde llena, deslumbrante de luz y diamantes. Los juegos brillando en nuestros ojos inocentes y asombrados. ¡Cómo se deslizan los días, los años,… perdiéndose en mi memoria. ¡Cuánta luz! ¡Dios! Estoy avanzando, dejándolo todo atrás, como caminando por el aire, pura fe; a bocados, los segundos entran y salen en mí; cruzo, voy en…, soy con el tiempo; lo creo, lo mato, lo sigo, lo creo, sin vivir aún lo que no es presente, éste, como una radio que con interferencias es rozado por lo vivido; a veces, también, por lo soñado que queda por vivir. Cruzo, rompo, despedazo, me integro, me desintegro, aplasto, abrazo, desafío, enfrento, venzo al tiempo; monstruo invisible, hijo de mi ser, creación mía. 

      Fue aquel invierno… Está nevando; estoy en medio de la nieve -sí, en medio-; desnudo, hago fotos. Nieva, y escupo sangre. Roja. En medio de la nieve. En un balcón, abierto, alguien hace, también, fotos. Tengo una fuerza con la que puedo mover el mundo. Los copos; caen en mi piel; adornándola fugazmente de luz; y dejando, luego, un color a sangre disuelta en agua. Voy a arrancar con mis manos, con las uñas, todas las comas. ¡Cómo te veo! Rota, como la muerte. Sin brillo; ¡qué galaxia estropeada envuelve la cordura de tu paz y tu bondad! En medio de la nieve. Se va a helar la vida, y así quedar para siempre feliz, envuelta en una nieve eterna. ¡Y agujeros negros, y galaxias! ¡Ay, sin embargo, todo eso no es nada al lado de la sonrisa que alguna vez, de niño, abrazó todo! Y aquí, yo, ahora, con el frío blanco de esta pureza que cae, se derrama, sobre mí; alegrándome, limpiándome, iluminándome; aquí estoy sintiendo. Y siento la vida, esta vida ¡tan blanca!, en medio de la nieve. Sonreiré, y sonrío. Ya está, formo parte de las estrellas, estoy hecho de su misma materia.

 

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      En el balcón, a las diez de la noche. En el balcón abierto, con un chándal rojo, encarando la oscuridad por encima de las luces de la calle; con la comida revuelta, pero indiferente, en el estómago. 

Dejo que el aire me abrace. Con un chándal rojo, en el balcón, enfrentando la luz negra de la noche -tal vez Dios-, y atrás, a la espalda, la luz del interior de la casa (¡hogar, dulce hogar…, uhffffggg), la luz loca, casi demoníaca, vigilante; como un pozo negro al que hay que volver, volver después de haber intentado huir desde este balcón que ahora…¡yo veo desde la calle! ¡Tal vez Dios, tal vez Dios!

     Ahora escucha como llueve, también el viento, escúchalo. Llueve aquí. Hay flores, una estufa, carbón rojo. Llueve. En el centro de la angustia te espero. Soy más fuerte que ella. Agito los brazos y la espanto, la espanto como a una mosca. Te espero. Acariciaré tus mejillas, te acariciaré un hombro, los brazos. Te daré un abrazo ligero. ¿Sabes? Yo te entiendo. Pero no importa. ¿Tienes miedo?, ¡que se joda! Estoy aquí, esperándote, en el corazón de la niebla. Baja, sonríe, cierra las puertas del coche. Vamos. Llueve. No bebo. Sé que hay dolores que incluso avergüenzan a Dios. El mismo Jesucristo sabe que lo suyo comparado con lo de algunos hombres es casi una broma, es poca cosa. Vamos. “¿Llevas tú el paraguas?”. “Vale”. De norte a sur, de este a oeste. Toda la Tierra. Todo. Y yo acariciaré tus mejillas, con amor. Nadie podrá hacerte daño mientras sonrías, mientras rías; ni tú misma podrás.

¡Salve ramera, ante ti me postro, me inclino. Salve puta. Reina de tu dolor y de la noche. Salve puta. Escúpeles. Divina, y mala. Salve, asquerosa puta!

 

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CONTINÚA...